Cocinar acompañado triplica la alegría, y nuestro bienestar también aumenta con la combinación de comida casera, en compañía y sin dispositivos electrónicos. Dos estudios complementarios muestran que la socialización es clave en los hábitos culinarios y cómo las pantallas han modificado la manera en la que nos relacionamos con la comida.
Con el título «La ciencia de lo que se cuece en la cocina» es fruto de dos investigaciones, realizadas de forma simultánea en 2025, y lideradas por la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), el Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN), perteneciente al Instituto de Salud Carlos III, e IKEA.
El resultado del estudio ha permitido obtener cifras sobre algo, que en palabras de la responsable de estudios de IKEA en España, Berta Madera, era una intuición, como que «las personas disfrutamos de la compañía durante las comidas, haciéndolas más placenteras» e invita a una reflexión desde los datos y el rigor para comprender y mejorar «el modo en el que comemos y cocinamos».
La compañía, el principal impulsor de bienestar
Según una de las dos investigaciones -«Identificando las emociones en los hábitos culinarios con IA y equipos biométricos»- realizada por la SEN y la URJ, el principal impulsor del bienestar mientras cocinamos y comemos es la compañía humana, que supera ampliamente a cualquier dispositivo.
Con el uso de equipos biométricos e inteligencia artificial el estudio ha podido obtener más de 250.000 datos codificados para medir científicamente «el impacto que tiene de forma inconsciente el desarrollo de hábitos culinarios, solo, acompañado, y especialmente el impacto que tiene en el bienestar emocional el uso del teléfono”, tal y como explica la catedrática de la URJ Ana Reyes.
El presidente de la SEN, Jesús Porta, por su parte, abunda en que el estudio no solo ha podido medir de forma objetiva las emociones que se producen durante la rutina culinaria, sino «también dotar de significado a esos datos desde el conocimiento de las ciencias neurológicas, permitiéndonos evaluar el bienestar emocional asociado a la experiencia de cocinar y comer”.
Así, cocinar acompañado triplica la alegría en nuestro cerebro, que aumenta un 232 % en comparación a hacerlo solo. Y es que cocinar con otras personas transforma esta rutina «en una experiencia emocionalmente positiva», de forma que la socialización alrededor de la comida es «un pilar de bienestar.
Reduce el sentimiento de rechazo
Si cocinar aumenta la alegría, comer en compañía reduce el sentimiento de rechazo en un 23,5 %: el estar acompañados «rompe la neutralidad funcional de la tarea, de forma que no se ve como un trámite sino que se convierte en una experiencia positiva».
La conclusión con rigor científico es que la calidad emocional de nuestra alimentación depende menos de lo que hay en el plato y mucho más de con quién lo compartimos, de la desconexión digital y de vivir ese momento.
Y es que, tal y como muestra el estudio, si cocinar acompañado aumenta la alegría, la compañía humana no puede sustituirse por estímulos digitales o dispositivos electrónicos: estar acompañado mejora la absorción de nutrientes, al comer más despacio, y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad consciente.
En cuanto a la comida, la investigación subraya que si bien no hay grandes diferencias, la procesada genera una «leve respuesta de miedo» o desconfianza biométrica (+1,56 puntos). Los investigadores lo achacan a la falta de control sobre el origen del producto y del “arte” del cocinado.
Los efectos negativos de los dispositivos
En este sentido, la investigación destaca los efectos negativos de usar el móvil u otros dispositivos durante las comidas.
Si bien no provocan tristeza de forma directa, aplanan las emociones positivas y reducen la alegría en un 32 %.
No solo eso, aumentan el estrés y fragmentan la atención, dificultan la degustación consciente y deterioran la percepción sensorial de los alimentos.
Soledad y peor salud mental
La otra de las investigaciones aborda «el impacto de la digitalización en los hábitos alimentarios” y abunda en que charlar en la mesa está asociado a patrones de ingesta más saludables.
Elaborado por el CIBEROBN del ISCIII, el trabajo incide en que el bienestar psicológico depende cada vez más de cómo comemos y con quién lo hacemos.
Y es contundente sobre los dispositivos: fomentan un escenario de soledad que tiene consecuencias directas en la salud mental y en los hábitos alimentarios.

La adolescencia y los perfiles clínicos son quienes más recurren a las pantallas, más del doble de horas que la población general y quienes comen solos con mayor frecuencia, 7 veces más entre semana y 18 veces más los fines de semana.
Ambos colectivos presentan un mayor riesgo psicosocial por el uso de las pantallas: comer solo aparece como un marcador de riesgo que debe abordarse en la intervención terapéutica,dado su impacto en la salud mental y en la conducta alimentaria, según el estudio.
Solo el 2 % come sin pantallas
Ahonda en que la digitalización ha modificado por completo el actor de comer, ya que las pantallas en la mesa son cada vez más habituales como muestran los datos.
El 98 % de las personas come con pantallas, con lo que se ha debilitado el carácter social de las comidas, con entornos más solitarios. Eso afecta directamente al bienestar psicológico, sobre todo en las poblaciones más vulnerables.
El móvil es el dispositivo dominante durante las comidas y su uso está asociado a estilos de ingesta menos conscientes, guiados por estímulos externos y no por señales internas de hambre o saciedad.
Tanto el tiempo como el momento de exposición a redes sociales aumenta la dependencia emocional de estas plataformas, «creando una ilusión de conexión que, en la práctica, profundiza la soledad, e influye negativamente en el descanso y horas de sueño».
«Comer en compañía y sin pantallas no responde a una visión idealizada del pasado, sino a prácticas respaldadas por la evidencia científica en salud física y mental”, concluye el coordinador del estudio y subdirector del CIBEROBN, Fernando Fernández-Aranda.

