El puente que une dos provincias y una deuda que sigue pendiente


El Puente General Manuel Belgrano cumple 53 años y, aunque el tiempo haya transformado el paisaje urbano y multiplicado la circulación entre ambas orillas, sigue sosteniendo la misma misión para la que fue concebido: unir. Une ciudades, economías, historias familiares, estudiantes, trabajadores, sueños y urgencias. Une dos provincias que aprendieron a pensarse en conjunto gracias a una obra que, en 1973, parecía casi imposible.

Hoy cuesta imaginar lo que significó aquella inauguración del 10 de mayo. El Paraná dejaba de ser un límite para convertirse en un camino. El puente fue mucho más que una obra de ingeniería monumental. Fue una decisión política audaz, una apuesta al desarrollo regional y una demostración concreta de que el Estado podía pensar en grande y ejecutar proyectos capaces de modificar la vida cotidiana de millones de personas.

Detrás de sus torres imponentes y de sus más de 1700 metros sobre el río hubo visión, esfuerzo y planificación. Hubo ingenieros, obreros, técnicos y dirigentes que entendieron que el Nordeste argentino necesitaba integración para crecer. Y hubo también una generación entera que vio en esa estructura de hormigón el símbolo de una nueva época.

Con el correr de los años, el puente dejó de ser solamente una carretera. Se convirtió en una avenida interurbana, en el corazón del movimiento regional. Miles de vehículos lo atraviesan diariamente. El flujo ya no responde únicamente a cuestiones comerciales o administrativas: la vida de las dos provincias se entrelazó definitivamente. Hay estudiantes que cursan de un lado y viven del otro; trabajadores que cruzan a diario; familias que construyeron vínculos permanentes entre Corrientes y Resistencia. El puente modificó hábitos, acortó distancias y creó una identidad compartida.

Sin embargo, también el tiempo comenzó a mostrar los límites de una infraestructura pensada para una realidad completamente distinta. El crecimiento del parque automotor, la expansión urbana y la intensidad del tránsito transformaron al Belgrano en una estructura exigida al máximo. Hace años que dejó de alcanzar.

Las demoras diarias, los embotellamientos y los riesgos constantes son parte de una escena repetida. A eso se suma una problemática dolorosa y persistente: los suicidios ocurridos en el viaducto, que impulsaron proyectos de vallado y mayores medidas de seguridad. Resulta imposible no advertir que el puente necesita respuestas urgentes, no solamente para preservar su funcionamiento, sino también para cuidar vidas.

Pero si hay una deuda que atraviesa generaciones es la construcción del segundo puente Chaco-Corrientes. La idea no es nueva. Lleva más de tres décadas recorriendo despachos oficiales, carpetas técnicas y discursos políticos. Nació en los años noventa, durante las gestiones de Raúl «Tato» Romero Feris y Ángel Rozas, cuando comenzaron los estudios y acuerdos para una nueva conexión regional que contemplaba incluso un complejo multimodal de cargas y la recuperación ferroviaria.

Desde entonces, pasaron gobiernos nacionales, provinciales y municipales de todos los signos políticos. Hubo anuncios, tratados de integración, licitaciones internacionales, promesas de financiamiento y relanzamientos sucesivos. El proyecto fue mutando, perdiendo componentes esenciales y achicándose con el tiempo, hasta quedar reducido a una obra que todavía no logra salir del terreno de las intenciones.

La historia del segundo puente es, en buena medida, la historia de la Argentina y de sus frustraciones recurrentes. Cada crisis económica lo postergó. Cada cambio de gestión volvió a empezar de cero. Cada anuncio generó expectativas que terminaron diluyéndose. Mientras tanto, el puente actual siguió cargando sobre sus espaldas toda la presión del crecimiento regional.

Y sin embargo, la necesidad nunca desapareció. Al contrario: se volvió más evidente. El segundo puente ya no es un proyecto futurista ni una aspiración política. Es una necesidad estratégica, económica y humana. La región no puede seguir dependiendo exclusivamente de una sola conexión vial que hace tiempo alcanzó su límite operativo.

A 53 años de aquella inauguración histórica, el mejor homenaje al General Belgrano no debería ser solamente recordar su importancia. Debería ser recuperar el espíritu con el que fue construido. Esa capacidad de pensar obras trascendentes, de proyectar el futuro y de comprender que la infraestructura no es un gasto, sino una herramienta de desarrollo y de integración.

Porque hubo una Argentina, una Corrientes y un Chaco, capaces de construir el puente sobre el Paraná. Y porque si hace más de medio siglo pudieron levantar una obra que parecía imposible, cuesta aceptar que hoy resulte tan difícil concretar la segunda. (MM)

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