La tarde se presentaba luminosa, cálida; el sol radiante, disfrutando de su obra de meter ardor a los humanos más allá de lo razonable: tuesta pieles y pastos, genera sed entre los animales. Hasta las mboy (víboras) buscan la sombra.
La ruta hacia el este, hasta Laguna Brava, es un primor: doble vía, un placer para conducir. Después viene el oscuro asfalto sin marca alguna que deslinde la mano por la que marchas. El que va hacia el lugar del Santo de Capa Roja lleva el sol a la espalda o al costado, de refilón; el que viene a la ciudad de Vera llega directamente encandilado, necesitando anteojos ahumados o viseras para evitar quedar cegado.
El pueblo creció, ya no le corresponde esa categoría, ya es una ciudad. Sus antiguas casonas coloniales fueron masacradas bajo el lema «el progreso lo exige». De casualidad observas algún sobreviviente de tiempos de allá ité (lejos). Construcciones modernas, luces, restaurantes y semáforos te hacen expresar:
—Vaya cambio.
Eso sí: es muy lindo el paisaje. El Riachuelo, que tiene muchos afluentes, parece ser el mismo. No lo es. Como dijo hace miles de años Heráclito: «Nadie se baña dos veces con la misma agua», salvo que usen una latona como en el medioevo; así les iba con las pestes recurrentes…
Pero nos preguntamos:
—¿Y los antiguos pobladores, cuyas carnes y tal vez huesos se consumieron en la tierra que les dio origen? ¿Qué opinan?
—Esa pregunta, profe, es muy difícil de contestar.
El hombre al que llamaré Pedro fue mi alumno hace muchos años, en la década de 1970. Originario del entonces «pueblo», como sus padres, que partieron al más allá, vive allí porque sus ancestros formaron el asentamiento natural, sociológica, histórica y naturalmente, hasta el acto administrativo fundacional que no tiene fecha real.
La casona es antigua: galerías, ladrillos de sesenta por sesenta de barro cocido, rejas y ventanas del tiempo cué (antiguo), amplio patio y corrales para los animales que usan como medio de locomoción hasta el casco urbano. Es un vergel donde abundan citrus, mangos, coquitos San Juan y árboles de la región; hasta un sobreviviente quebracho colorado mora en la zona.
El corral de los animales queda bastante alejado de las habitaciones. Los perros y gatos conforman parte del paisaje típico de un bucólico lugar.
Siempre la esposa le advertía al muchacho que, en ese sitio donde reina en el centro un antiguo aljibe en desuso, veía sombras: a veces luminosas y claras; otras, más oscuras, hasta llegar a lo tenebroso.
Como es habitual, el narrador llegó del poblado, de su trabajo, y procedió a dirigirse al corral. El sol dorado se convertía en sombras para dejarle a la luna su lugar en el reinado. Llevaba alimentos para sus animales: cuatro caballos y unas vacas que, de día, mantienen el pasto a nivel; ovejas no, porque arrancan las raíces.
Era habitual que al animal preferido, un media sangre negro con manchas blancas, le acariciara la cabeza antes de llenar la batea con el alimento. Pero esa noche, en la que algunas nubes jugaban al escondite con la luna, el caballo pegó un salto hacia atrás. No levantó las patas porque el techo no se lo permitía. Estaba asustado.
En el mismo instante en que ocurría el hecho, su esposa, desde la galería, sin moverse del marco de la puerta, lanzó un grito:
—¡No te des vuelta, Pedro, por favor!
Por instinto giró la cabeza, observando aterrada a su amada, atornillada al piso. Detrás de él, un cortejo de sombras oscuras como el carbón desfilaba doliente, murmurando extrañas voces de ininteligible comprensión. Al final del umbrío séquito iba la Pelada (la muerte), guadaña en ristre, lanzando rojos fuegos que se perdían en la oscuridad.
El joven, pálido, yerto y asustado, no movía un músculo. Su amada quedó muda. El caballo no paraba de moverse, como tampoco sus compañeros de corral.
La peregrinación de espectros punzados terminó en las raíces mismas del quebracho, más que centenario.
Pedro volvió en sí lentamente, volcó el alimento para sus animales y los acarició uno a uno para calmarlos. Sus dos gatos tenían los pelos erizados, en posición de ataque. Despacio regresó hacia la casa. Su esposa lloraba a mares. Los perros no dejaban de ladrar a la luna, que hacía guiños esa noche entre las nubes ondulantes.
Se abrazaron. Lloraron juntos la experiencia vivida.
Al día siguiente, el cura fue al lugar y bendijo la zona, presuntamente habitada por fantasmas. Pero el bocado final lo tuvo una curandera nigromante.
Llegó al atardecer. Se plantó frente al árbol, con el cual habló. Regó sus raíces con sal y agua, mucha agua. Plantó una cruz de madera rústica e invitó a los presentes a rezar el rito a los muertos. Encendió una vela.
Una sombra apareció desde el fondo y le narró que eran muertos sin ceremonia alguna, ejecutados en las guerras antiguas; sus restos estaban en un pozo común.
Antes de marcharse, ordenó a quienes la habían llamado que hicieran misas por los difuntos treinta veces; que cada semana encendieran una vela y, si era posible, colocaran una lámpara segura para prender los viernes, por si acaso nomás.
Sucedió en San Luis del Palmar.

