LOS FANTASMAS DE LA REGIONAL


El lector que no es de estos lugares se puede confundir. Cuando decimos La Regional hablamos de la cuna de los docentes del nordeste argentino: la Escuela Normal de Maestros José Manuel Estrada, heredera de la Escuela Anexa de Preceptores (maestros) del Colegio Nacional instalado por Domingo Faustino Sarmiento en 1869.

Como soy uno de sus hijos, viví los años entre 1960 y 1965 como estudiante de la Normal Regional y estuve en el edificio hasta 1968, cuando estudié parte de mi carrera de Abogacía en la Facultad de Derecho, que funcionaba allí en el turno vespertino. Justamente la tarde es el horario clave en que los espíritus comienzan a emerger de sus escondites secretos. Desde las profundidades de la tierra hacia arriba, se encuentran los más antiguos con los más nuevos y van sumando una sólida legión de buenos y malos, y unos pocos juguetones. Esas caídas de la tarde, en que el sol se va escurriendo sobre la costa chaqueña, son el momento propicio, cual si sonara una campana de largada, para que los del más allá vengan a pegarles un sustillo o algo más a los de acá, habitantes de este tiempo terrenal.

La mano de Sarmiento con los maestros y maestras norteamericanas tuvo mucho que ver. Fue él quien abrió la mente de una república que se hallaba encerrada entre misas, hostias y moralinas, pues todo lo que se pareciera a la ciencia era cosa del diablo. Juárez Celman promulgó la ley Nº1.897, que fuera sancionada casualmente en 1886. Había que crear una escuela de maestros para varones; las mujeres ya la tenían. La ciudad tenía importancia regional para los territorios nacionales que la rodeaban y para los países extranjeros con los que lindaba.

El 15 de junio de 1887 comenzó su labor en el edificio de los Lagraña y Pampín, donde desde 1869 habían comenzado los preceptores en Magisterio. El problema fue siempre el edificio. De ese modo se llegó, por mandato presidencial, a la expropiación de los terrenos periféricos de la ciudad, cruzando el Arazá (Poncho Verde) hacia el este: terrenos de Dante Oxilia, Idelfonso Arrebachaleta y de la sucesión de Juan Morgan.

Casualmente, este señor Morgan era un sujeto especial en Corrientes; diríamos endemoniado, porque logró, gracias a la lucha entre liberales (de pensamiento y obrar) y católicos, erigir un templo protestante en Corrientes que, como es sabido, los británicos siempre fueron respetados desde antaño por razones comerciales.

Ahora se preguntarán qué tiene que ver esto con la actividad sobrenatural que pulula en el lugar. Les voy a explicar.

Como es sabido, nuestra provincia fue invadida por los paraguayos en la Semana Santa de 1865. Lo de la irrupción era motivo hasta de chistes en las tabernas de borrachos. Todo el mundo sabía desde 1864 que el conocido Bartolomé Mitre, enemigo acérrimo de Sarmiento, buscaba la guerra ofreciendo en bandeja de plata a la pobre Corrientes, la castigada de siempre. En vano gritaba Lagraña: «Nos van a invadir, manden armas, soldados, pertrechos… ayuda, por favor». Silencio de todas partes. Los espías de ambos lados intercambiaban información. La pobre provincia guaraní era la lombriz en el anzuelo.

Así fue: se vino la paraguayada con todo. Bombardearon la ciudad, tomaron los barcos que estaban en ella, mataron a cientos de tripulantes y fusilaron a unos cuantos de propina. Los que pudieron rajaron disparando; los demás, arréglense como puedan. Maridos cobardes, bellacos y necios dejaron sus mujeres al invasor. Pensaron –supongo– que alcanzaba para todos. Eso sí, Lagraña dejó una instrucción: respeten a la autoridad para evitar mayores daños.

Entre fiestas y saraos, correntinos y paraguayos pasaban los días bailando, haciendo sociales y hospedándose en las casas de todos, especialmente los oficiales. Trajeron a las kyguá verá, mujeres libres para todo. Eran solteras; más de uno tuvo que consolarlas, obligatoriamente por supuesto.

Tardaron bastante los porteños y otros arreados en liberar la provincia, desde abril hasta fines de octubre y comienzos de noviembre. Imagínense ustedes las fiestas que se armaron entre los que quedaron, unos con gusto y otros por obligación.

Por fin, después de meses y con el recuerdo del desastre del 25 de mayo de 1865, cuando Paunero, el uruguayo asesino, visitó la ciudad y se llevó 200 familias. ¿Quiénes eran? nadie sabe nada. Mujeres y hombres de los contingentes, calladitos, subieron a los barcos violados. Digo bien: fueron violados en la noche trágica de Corrientes entre el 25 y el 26 de mayo de 1865, sumado al saqueo.

Al llegar las tropas de la Triple Alianza, más los paraguayos libres, se instalaron en Itatí, Ramada Paso, las Ensenadas y hasta Laguna Brava. Tardaron bastante en cruzar al Paraguay. Antes sufrieron una derrota feroz en nuestro territorio con la batalla de los Corrales o Carrizales.

Comenzaron los enfermos, especialmente de gripe, sarampión, viruela, escorbuto, cólera, etcétera. Todo un vademécum de males, sumados a los heridos de la batalla mencionada, con muchos muertos y lesionados; historia ocultada hasta hace poco por los sabios.

Se necesitaban hospitales. Miren ustedes la vuelta que tuvimos que dar para llegar a los hospitales.

Cada integrante de la Alianza tenía los suyos. Los argentinos, en casas de familia, iglesias y hasta en el teatro Mazzanti; los paraguayos, el suyo; los brasileños, dos: uno al sur de la ciudad, cerca de la curtiembre Zelaya, a cinco kilómetros, para los de tierra, la infantería.

Para los de la Marina –acá viene la respuesta a la incógnita– había construcciones de madera de pino del Canadá, asentadas sobre postes, con pisos de madera y bien aireadas, sobre la costa del Paraná, justamente en los terrenos de Morgan, lo que hoy son las facultades de Medicina, Agronomía y Veterinaria.

Atendiendo a la limitación de las medicinas, al desconocimiento y a la ignorancia, pocos médicos trabajaban en dichos nosocomios. Los que más trabajo tenían eran, sujétense, los carniceros y carpinteros. Herida en la pierna: cortarla. Herida en el brazo: cortarlo. La mortandad era muy superior a lo que nos contaron los sabios.

Entonces, señores, para enterrar piernas, brazos, otras menudencias y los cuerpos de los fallecidos no había que ir muy lejos, casi enfrente nomás. Salvo que se tratara de un militar de alto rango, que iba al de la Cruz de los Milagros. Es así que toda esa zona se convirtió en cementerio, por lo que las bases de la Escuela Regional tienen en sus entrañas secretos incontables: lémures que súbitamente no encontraron la luz para dirigir su rumbo y quedaron boyando como terneros fuera del corral.

Nunca nadie dijo nada, pero eses es el motivo por el cual el Aldana tardó en poblarse y lo hizo muy lentamente.

No ha sido casualidad, ni lo es, que muchas familias que viven cerca encuentren cruces y restos humanos en sus viviendas. Algunos más respetuosos llevaron los hallazgos al cementerio San Juan Bautista, donde algunos vivos los robaron como antigüedades. Si roban tumbas, no van a robar restos históricos… Conozco personalmente dos casos: uno por la calle Brasil y otro por la calle Uruguay.

Dentro de la Regional, los constructores, con buen tino, cavaron un pozo como fosa común y colocaron en uno de los rincones sobre calle Roca una cruz para los innominados allí sepultados.

Disculpen la larga explicación, pero era necesario que supieran por qué suena el piano de la Regional. Espíritus de profesores asesinados se juntan con oficiales navales de alto rango que comparten el placer de la música. Otros no tienen paciencia y quieren tranquilidad.

Los que ocupan los sanitarios del este, en la parte del primer piso, escuchan si uno habla o canta.

—¿Por qué no te callás de una buena vez? — suelen gritar.

Se te ponen los pelos de punta.

En el juego de luces del atardecer, un militar orondo te saluda cordialmente con un uniforme que pasó de moda hace rato.

El motivo de todo, cabe acotar, es el secreto de un cementerio que estuvo oculto durante años. Los de la comisaría de las cercanías también tienen esos visitantes. Los pobres infelices terrenales no saben qué hacer, especialmente en noches de tormenta.

Un viejo vecino de apellido Giardinieri, que se ocupaba de las vacas y cultivos en el rincón mencionado de Roca y Sargento Cabral, tenía su casa por las cercanías. Estaba tan habituado al osario del lugar de su trabajo que el de su casa parecía uno pequeño.

No tengan miedo ni se ofendan. La Escuela Regional es y seguirá siendo la mejor escuela del mundo. Con o sin fantasmas, se los digo yo. Por supuesto, pueden creerme o no.

PARA UN DATO SI ES NECESARIO

Disculpen la larga explicación, pero era necesario que supieran por qué suena el piano de la Regional. Espíritus de profesores asesinados se juntan con oficiales navales de alto rango que comparten el placer de la música. Otros no tienen paciencia y quieren tranquilidad.

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