La batalla invisible del corresponsal de guerra: la salud mental


Mari Navas: Texto | María Abad: Imagen y Video |

Llega un momento, según cuenta Jaime León, delegado de la Agencia EFE en Irán desde 2021, en el que la mente se acostumbra, en cierta medida, a los bombardeos casi diarios y al aumento de la seguridad en las calles de Teherán. A quitar la mesa de al lado de la ventana porque una explosión puede hacer saltar los cristales. A cómo es la vida en mitad de una guerra y, también, a tener que cubrirla.

Porque en los lugares de conflicto hay periodistas como León, «un corresponsal de guerra accidental o involuntario», según se define en conversación con EFE Salud.

Corresponsales de guerra que cuentan lo que ocurre en el mundo, pero que muchas veces se olvidan de una historia mucho menos visible: la de su salud mental.

El informe ‘Caracterización y condiciones de seguridad de periodistas españoles que cubren conflictos internacionales’, enmarcado en el proyecto ‘Journalist Safety Research Project’, elaborado por la Universidad del País Vasco, arroja cifras significativas: más de la mitad de los periodistas españoles en guerra presentan sintomatología de estrés postraumático y tres de cada diez han recibido diagnóstico.

Se trata de una proporción “especialmente preocupante”, explica la catedrática del área de Psicología Social de la Universidad de Burgos Silvia Ubillos, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha sintomatología alcanza a entre el 3 y el 8 % de la población general y a entre el 10 y el 20 % de los militares también presentes en zonas de guerra.

Sin embargo, a ninguno de los cuatro periodistas entrevistados para este reportaje (dos actualmente en zonas de conflicto) les han extrañado estas cifras.

Vivir en estado de alerta permanente

«Te acabas acostumbrando al nivel de conflicto, y no es que no te parezca algo excepcional, porque lo es, pero lo acabas asumiendo como parte de tu día a día», resume León, quien explica que al principio los bombardeos le provocaban mucha ansiedad, pero ahora los lleva mejor.

También se ha acostumbrado a los controles de seguridad en la ciudad y tampoco piensa en que vive en una planta alta de un edificio, o lo que es lo mismo, «el peor sitio que hay para estar» en caso de bombardeo. Pero no hay otro, ya que en Irán no hay refugios antiaéreos y las medidas de seguridad son «prácticamente ninguna».

Aún así, cuando se le pregunta cómo está, contesta que bien. Y continúa: “Estoy cansado, estoy estresado, soy consciente de que psicológicamente probablemente esto afecte de alguna manera, pero, sobre todo, estoy muy ocupado”.

Jaime León, delegado de la Agencia EFE en Teherán. EFE

El corresponsal de EFE reconoce que está perdiendo la percepción del tiempo y que le está costando no poder descansar: «Las dos primeras semanas apenas dormí porque, entre el estrés continuo y las explosiones nocturnas, era realmente difícil y a mí eso me causa mucho agotamiento físico, evidentemente, pero también mucho agotamiento mental (…) Me doy cuenta de que no estoy tomando decisiones o me cuesta tomarlas porque estoy muy cansado».

Parar por una bajada de defensas

Desde la otra parte del conflicto, el corresponsal de EFE en Israel Guillermo Azábal coincide con su compañero al hablar de cómo está viviendo él la cobertura.

«Las dos o tres primeras semanas tu cuerpo, tu metabolismo y hasta tu forma de conectarte con el día a día está muy pendiente de la guerra, pero también se va adaptando», asegura en una entrevista a EFEsalud.

En su caso, se ha visto obligado a parar unos días por una bajada de defensas: «Tuve incluso fiebre, se me hinchó alguna parte del cuerpo, cosas que no me habían pasado nunca, y cuando fui al médico me dijeron: ‘No, tus analíticas y todo está bien, simplemente has tenido una baja de defensas fruto de la situación de estrés crónico que ha habido durante un mes, básicamente’».

Guillermo Azábal. Foto cedida

Azábal, además, diferencia entre lo que vive cuando está haciendo su trabajo en la calle y cuando vuelve a casa.

“Cuando estás en casa por la noche tú solo en la cama, te sientes vulnerable. Es normal”, afirma, antes de relatar el estrés que le genera el debatirse a las cuatro de la mañana entre ir al refugio -”a un kilómetro y pico, hecho en seis minutos”- o quedarse en la cama.

Dar sentido a la profesión

Al que fuera reportero gráfico de RTVE Miguel Ángel de la Fuente lo que le ayudaba cuando empezaba a notar que podía tener cierta afinidad con lo que estaba pasando era intentar meterse en el mundo de la cámara y preguntarse si lo estaba haciendo bien o le faltaban imágenes. La periodista Rosa Meneses también menciona que la manera de canalizar el dolor es, en parte, dándole sentido a la profesión.

«Pero sí es cierto que al final del día te vienen muchas cosas y cuando llegas al hotel, te pegas una ducha (…) Y se trata de que, como el agua, te resbale. En realidad, resbalar no es la palabra, porque evidentemente están ahí y quieres que no se vayan, pero tienes que de alguna manera pasar porque tú eres como un soldado», asegura el cámara, que ha estado en zonas de conflicto como Sarajevo, Irak, Afganistán o Ucrania.

Según explica Silvia Ubillos, los periodistas que cubren conflictos están continuamente rememorando lo vivido y en vigilancia constante, «porque el cuerpo se nos pone en modo supervisión, supervivencia” y está continuamente atento a lo que pasa alrededor, “con todo el desgaste que eso supone”. Esto puede acarrear alteraciones emocionales como  «ansiedad, estrés, angustia, incertidumbre o preocupación».

Unos síntomas que, además, «se normalizan», lo cual «es el problema», según Ubillos, que defiende que existen «tratamientos, terapias para recuperarse del trauma y que te ayudan a continuar con tu profesión».

Al volver a casa

A Rosa Meneses le alcanzó un disparo mientras cubría la guerra en Libia en 2011. Con varios conflictos en Oriente Medio a sus espaldas, la que fuera periodista de El Mundo se salvó gracias a que llevaba un chaleco antibalas que le habían prestado unos compañeros de Channel 4, con placas de nivel cuatro.

«Yo sobreviví gracias a eso. A partir de ahí empezó un poco mi viaje personal, pero también profesional, por inyectar ese virus de la concienciación sobre la seguridad de los periodistas, sobre el cuidado emocional y en las redacciones», afirma.

Leire Iturregui y Silvia Ubillos durante la presentación del informe. Foto cedida

Ella considera que con mejor formación y mayor asistencia «antes, durante y después de la cobertura», los periodistas podrían tener «mejor bienestar» psicológico.

Un diagnóstico que coincide con el de la coautora principal del informe Leire Iturregui, quien cree que los medios deberían contar con un protocolo de acogida en el que estuviera procedimentado cómo recibirlos.

Una vuelta en la que, en palabras de De la Fuente, te sientes “desubicado” y necesitas “una especie de paréntesis” hasta retomar la actividad.

Más formación y menos tabú

Junto con los protocolos, Iturregui cree que habría que sumar una formación previa que no solo se limitara a cuestiones físicas, sino también psicológicas, y que, sobre todo, la salud mental dejara de ser un tabú dentro de las redacciones. Las empresas periodísticas habrían de tomar conciencia de la importancia de preservar el derecho de los periodistas a garantizar su seguridad.

«No podemos dejar que estos periodistas, que se van a los peores lugares del mundo a contar lo que ocurre para que nosotros, opinión pública, estemos al tanto, asuman el coste no solo físico, sino también psicológico, de ese trabajo y lo asuman de manera individual. Es que eso no puede ser», asegura.

También ayudaría, en palabras de las expertas consultadas, dejar atrás el mito de periodistas de guerra como personas resilientes, duras y capaces de soportarlo todo.

Leire Iturregui. Foto cedida

En opinión de Guillermo Azábal, «hace mucho daño» esta etiqueta porque les impide trasladar unas debilidades que tienen todos.

«Cuando escuchas el impacto de un misil a 300 metros y ves una columna de humo, lo primero que piensas es: ‘De la que me he librado. Hostia, me podría haber pasado a mí’. Y ahora, después de eso, no me paraliza. Voy y hago mi trabajo. Y mientras hago mi trabajo no estoy pensando en si cae otro, porque si no estoy paralizado. Pero lo primero que piensas es qué suerte he tenido y qué cabrones que por poco me matan. Ya está. Y entonces el estrés postraumático existe y existe, yo creo, en la inmensa mayoría», recalca.

Acabar con la precariedad

Si hay una palabra que se repite en la conversación con las coautoras del informe es la de precariedad, ya que, según explica Iturregui, es la principal amenaza para la seguridad de los periodistas. También en el plano psicológico.

Azábal, que ha cubierto conflictos como freelance, pone un matiz: no es lo mismo hacerlo para un medio anglosajón que para medios hispanos, en donde “estás mucho más expuesto” debido a lo bajo que se paga la pieza: “Es que no es ni precario, es indecente”.

«Ellos son los que lo tienen más difícil. Pienso en muchos compañeros freelance y les admiro muchísimo», asegura Meneses.

Porque, tal y como resume Ubillos, para entender la guerra necesitamos a quienes la muestran. Y para que ellos sigan haciéndolo, “debemos cuidar a quienes tienen el valor de ir allí para contárnoslo.

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