¿Hasta cuándo los argentinos soportan el ajuste mileísta?


Hay frases que sintonizan con un clima de época. También hay preguntas propias de un tiempo, de un contexto particular. Ante la magnitud del ajuste mileísta (que sumó un nuevo capítulo el lunes pasado con el recorte presupuestario de $ 2,5 billones a través de la Decisión Administrativa 20/2026), un interrogante se va imponiendo, entre la curiosidad y la intuición: ¿por qué no estalla? El malestar que detectan encuestas y que se respira en la calle, ¿se canaliza individualmente y descarga hacia adentro bajo la modalidad de la «implosión»? Analistas y encuestadores consultados para esta nota ensayaron una respuesta colectiva: hablaron de la resignación en los niveles de consumo, de un deterioro en la calidad de vida que no encuentra piso, de morosidad, de autoexplotación. “Donde falla un derecho no crece una necesidad sino que crece una deuda”, fue la ácida evaluación de Ariel Wilkis, especialista en sociología del dinero y las finanzas.

Con esa frase Wilkis parafraseó y adaptó a estos tiempos una cita que se le atribuye a Eva Perón (sin demasiadas pruebas documentales): “donde hay una necesidad nace un derecho”. Evita, se sabe, encarnó mejor que nadie la búsqueda de la justicia social, concepto “aberrante” según Javier Milei, pero además cuestionado por el juez de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz. Wilkis, doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, publicó en 2024 un libro, Una historia de por qué nos endeudamos, Siglo XXI, en el que profundiza sobre el peso y la incidencia del endeudamiento en el mantenimiento del clima -o la pasividad- social. “Cuando vemos que crecen las deudas hay una conexión directa con algún tipo de protección social que falla como mínimo a nivel de los ingresos”, describió en diálogo con Tiempo.

Ariel Wilkis, especialista en sociología del dinero y las finanzas.

Otro investigador que indagó sobre el mileísmo -sobre las transformaciones sociales que lo precedieron y que lo explican- es el sociólogo y antropólogo Pablo Semán. Autor de un ensayo que circuló mucho durante la transición entre los gobiernos del Frente de Todos y La Libertad Avanza, Está entre nosotros, Semán enumeró a pedido de este diario las emociones colectivas que caracterizan este momento del país (por su profesión está acostumbrado a los trabajos de campo y a las entrevistas en profundidad). “Lo primero que se ve al ras del piso es angustia, desolación e incertidumbre. Hay conflictos intrafamiliares. Es una situación económica en la que, por más esfuerzo que hagas, igual perdés. La previsión optimista es perder lo menos posible”, transmitió.

Su postal de lo que percibe entre sectores populares y clases medias empobrecidas fue, de tan gráfica, detallista. “Hay gente que nunca pensó que tendría que suspender una comida por día. Hay gente que nunca pensó que iba a dejar la prepaga y la deja. Hay gente que nunca pensó estar endeudada y termina comprometiendo su patrimonio o por lo menos perdiendo mucho de su futuro. La gente se está preocupando porque hace esfuerzos cada vez más fuertes, intensos y grandes, para obtener cada vez menos. Los deterioros (en la calidad de vida) llegan siempre a pisos a los que la gente no pensaba llegar”, subrayó.

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El sociólogo y antropólogo Pablo Semán.

Menos enfática al pintar la catástrofe, la analista Mora Jozami habló de los cambios en los patrones del gasto familiar y en la apelación al endeudamiento. Jozami dirige la consultora de opinión pública Casa Tres, conocida por medir periódicamente el humor colectivo a través del Índice de Irascibilidad Social (IDI). “Lo que nosotros vemos es que hay cerca de un 70% (de la población) que manifiesta que resigna consumos. En el último tiempo esto se viene dando en una proporción que se mantiene relativamente estable, con una leve tendencia al alza”, dijo a Tiempo. Y a modo de análisis agregó: “Son consumos que muchas veces hacen a la identidad de clase media o que son estímulos para muchas personas en su vida: ocio, primeras marcas, indumentaria.”

Sobre la morosidad, contó que la demora en el repago de los préstamos ya supera los números -importantes- de la pandemia. Sin embargo, al discurrir sobre cuestiones más políticas, Jozami destacó que pese a los dos meses de affaire Adorni el gobierno de Milei “está fuerte en su núcleo más duro”. “Hay un piso en torno a los 35 puntos que no se perfora”, afirmó, aunque agregó que en paralelo se percibe un retroceso en la aprobación o imagen de Milei entre sus “electores más blandos, quizás los que no lo eligieron como primera opción en octubre (de 2023) pero sí en el balotaje”. Con este escenario -si se quiere- híbrido, de calamidades cotidianas junto a un gobierno replegado y con menos apoyos pero activo y en el centro del ring, retorna la pregunta: ¿por qué no estalla el humor social?

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La analista Mora Jozami.

Acostumbrado a provocar y a pensar «a contrapelo», Semán compartió dos planteos desafiantes: en primer lugar aseguró que en las últimas décadas la sociedad argentina incorporó una creencia que fue aceptada por un porcentaje importante de la población que -dijo- trasciende al electorado de Milei y el PRO. “La gente asimiló la idea de que ‘las cosas se pagan’. Es una creencia que no apareció hace diez días ni tampoco con Milei: la idea de ‘agarrar la pala’ entre los argentinos es muy importante. El sacrificio y el esfuerzo… Eso no hay que dejar de tenerlo en cuenta”, observó. Y siguió: “Se trata de un principio según el cual la participación en la vida social y en la ciudadanía debe concretarse de acuerdo a lo que das y hacés y que según eso podés recibir en retribución. Es una tesis que prescinde de la asistencia y cree muchísimo en el propio esfuerzo”.

Para Semán, esa manera de vivir, más enfocada en las urgencias de lo individual, guía las acciones de muchos argentinos y está más allá de lo ideológico, de las adhesiones o rechazos a Milei y sus ideas. “La honestidad intelectual me obliga a decir que muchos de los que hablan contra el neoliberalismo son individualistas. El mundo académico es individualista, el mundo artístico también; los diarios de la cultura progresista están llenos de gente individualista”, sostuvo. Lejos de cualquier carga moral, Semán atribuyó estos modos y este repliegue en lo personal a lo que él mismo supo definir como “el mileísmo social”. Así se refiere a la búsqueda permanente por sumar ingresos y monetizar el tiempo sacrificando el ocio y el descanso, incluso la vida familiar y los afectos. Se trata de una reacción forzada, si se quiere, ante la pérdida de poder adquisitivo.

¿Hasta cuándo los argentinos soportan el ajuste mileísta?
Milei y su motosierra.

“Quiero hacer una precisión: cuando hablo de ‘mileísmo social’ estoy hablando de un modo de vida generalizado en las sociedades más que de una opción partidaria. Hablo de ‘mileísmo social’ porque hay gente que quizá vive como ‘mileísta’ y no vota ni votó a Milei; gente que puede decir que vota a (Nicolás) Del Caño. Yo estoy haciendo entrevistas y me encuentro con votantes de la izquierda y del peronismo que desde hace lustros han elegido trabajar fuera de la relación de dependencia. Médicos autónomos, artesanos, gente de oficios, gente que vende cosas (por Internet)”, confió el antropólogo e investigador, que por estos días se encuentra en Rosario con un trabajo de investigación.

La otra hipótesis que subraya Semán es la desarticulación parcial de las redes que podrían organizar (y/o hacer visible) el descontento. En este punto se refiere a las organizaciones de desocupados; a lo que pasó con ellas en los últimos tres años. “Los movimientos -dijo- están muy desprestigiados en este momento. Aquellos que no quieran verlo no tienen la mínima idea de trabajo de campo. Yo hago entrevistas en comedores y en la dinámica de un barrio veo que, así como los movimientos fueron necesarios y aceptados, también hay gente que los criticó mucho por prácticas que se volvieron inaceptables.” Para Semán, una conjunción de factores contribuyó a este presente. Entre ellos están las “demasiadas obligaciones a cambio de muy pocas prestaciones, el autoritarismo de algún que otro dirigente» y también alguna acción deshonesta, «pero eso no es lo central”. La clave, remarcó, fue el éxito de “la inoculación del miedo”.

Otro ensayo de respuesta fue el que propuso Wilkis. Al contrastar el malestar del presente con los estallidos de 1989 y 2001, que sacudieron los cimientos de la nación, el sociólogo recurrió a una frase suya que aparece en otro de sus libros (El dólar. Historia de una moneda argentina, coescrito con Mariana Luzzi). “Para gobernar Argentina hay que gobernar el mercado cambiario”, escribió allí. Consultado por este diario, Wilkis advirtió que a pesar de esta implosión que afecta cotidianamente a millones de argentinos “el gran tema de las crisis monetarias está ausente”. Al menos por ahora. “Tanto en el ’89 como en el 2001 fueron crisis monetarias, ya sea hiperinflación, ya sea default”, puntualizó. Además agregó que “no hay relación mecánica” entre “el deterioro social” con “acción colectiva y beligerante en las calles”. “No hay una medida exacta en la cual uno pueda decir que a partir de determinado deterioro de los niveles de ingresos la sociedad va a movilizarse”, sentenció.



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