Evita vuelve: el día que Perón recuperó su cadáver ultrajado por la dictadura


-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

Fragmento del cuento Esa mujer, de Rodolfo Walsh


Muchos pensamientos inquietaban a Perón durante su exilio en Madrid, pero dos de ellos se convirtieron en obsesión: regresar a la Argentina y recuperar el cuerpo de Evita. Con el paso de los años, lo primero se volvió una certeza que el General moldeaba día a día con dirigentes y militantes probadamente leales. En cambio, el rescate del cadáver errante de la mujer más importante de su vida era un fantasma íntimo que Perón confiaba, casi en exclusividad, a su delegado personal Jorge Daniel Paladino. Por eso, cuando una llamada del embajador Jorge Rojas Silveyra le confirmó que la devolución del cuerpo de Eva sería el 3 de septiembre de aquel 1971, el Viejo supo que esa noche era el principio de su regreso final a Buenos Aires.

El furgón funerario alquilado por la dictadura de Lanusse estuvo más de cuarenta minutos dando vueltas por las inmediaciones de la calle Navalmanzanos, en el elegante barrio madrileño de Puerta de Hierro. La inteligencia militar argentina conocía de memoria la ubicación de la Quinta 17 de Octubre donde vivía Perón, pero el vehículo deambulaba como un barco pirata cargado con el contrabando de una culpa histórica, demorando el desembarco de uno de sus secretos mejor guardado. Bien entrada la noche, el portón de la casa finalmente se abrió. Evita volvía.

En el comedor de la casona estaba el General con el aliento congelado y el corazón de setenta y cinco años flotando por su pecho. Solo lo acompañaban María Estela «Isabelita» Martínez; el secretario privado José López Rega, el confidente Paladino, el embajador Rojas Silveyra y dos sacerdotes de la Orden de la Merced. Como en una escena de realismo mágico, esperaban que entrara el coronel Héctor Cabanillas, el mismo que había ejecutado las órdenes para esconder el cadáver de Eva y que ahora regresaba para entregarlo.

Sudado, pero sin perder la torpeza del protocolo militar, Cabanillas impostó solemnidad a sus palabras: «Vengo a hacer la devolución formal de los restos de su señora esposa», dijo sin mirar a Perón. El General asintió en silencio, solo exigiendo que cada paso de la ceremonia quedara rigurosamente asentado en un acta oficial.

El largo derrotero

Entre todas las versiones que existen sobre cómo la dictadura robó el cuerpo de Evita, se puede concluir que en noviembre de 1955, con los bombardeos en Plaza de Mayo todavía humeantes, un comando de la autoproclamada Revolución Libertadora encabezado por el jefe de la inteligencia militar Carlos Moori Koenig, secuestró los restos embalsamados del segundo piso del edificio de la CGT. Se inició entonces una odisea fúnebre clandestina por depósitos, altillos y unidades militares.

El ala dura del gobierno de Aramburu enfrentaba el dilema de cómo desaparecer aquel «frágil cadáver de mujer indefenso, pero no inofensivo». Al cuerpo muerto no solo lo consideraban vivo: era, sobre todo, una amenaza política. En su ignorancia característica, la milicada pensó en un imposible científico: revertir el embalsamamiento para acelerar la descomposición natural de Evita. Pero el odio no se lleva bien con la biología…

La locura castrense derivó entonces hacia la incineración o el descarte en el río, dos formas de la nada. Tampoco tuvieron éxito. Ambas alternativas chocaban contra los crucifijos colgados en sus despachos. La Iglesia prohibía la cremación y los obligaba a la cristiana sepultura. A la resignación por tener que enterrar a Evita como única solución, le siguió el pánico logístico: dónde encontrar un pedazo de tierra para la tumba sin que se transformara en un santuario popular.

Para eso sí les sirvió la Iglesia. Contactos directos en Italia negociaron una parcela en el Cementerio Mayor de Milán. El operativo del traslado estaría a cargo del coronel Cabanillas. Existen dos tesis contrapuestas sobre lo que fue un largo viaje: una afirma que peregrinó en secreto por varias ciudades europeas -Bruselas, Bonn, Roma y Milán-; la otra sostiene que ese periplo jamás existió y que solo se trató de una estrategia de desinformación para ocultar el cementerio definitivo.

Lo comprobado es que, en mayo de 1957, el cuerpo de Evita cruzó el océano en el buque Conde de Biancamano. Y que una vez en el camposanto milanés, fue enterrado bajo el nombre falso de «María Maggi, viuda de Magistris». Para los militares, el secreto estaba a salvo.

Pero llegaron los ´70… El secuestro y ejecución de Pedro Eugenio Aramburu por parte de Montoneros trastocó todo el escenario político nacional. La restitución de los restos de Evita se transformó en la moneda de cambio obligada para destrabar el Gran Acuerdo Nacional con el que la dictadura pretendía condicionar el regreso de Perón. Lanusse diseñó entonces a contrarreloj el «Operativo Devolución». Su plan fracasó. Ahora el cuerpo de Eva descansaba junto al General en el exilio y el retorno del peronismo era inapelable.

En el comedor de Puerta de Hierro…

Evita vuelve: el día que Perón recuperó su cadáver ultrajado por la dictadura
Imgen: Leo Spinetti

El féretro de madera estaba notablemente deteriorado por la humedad de la fosa italiana. Dentro de él, una segunda caja metálica de zinc venía herméticamente soldada. Para abrirla, ante la falta de herramientas específicas, se improvisó con un abrelatas industrial y pinzas pesadas. Con las manos tiznadas de óxido, el propio Perón asistió en las tareas. Fue en ese preciso instante en el que la rigidez militar se quebró y los ojos del líder exiliado se llenaron de lágrimas al volver a ver el rostro angelado de su gran amor.

El artesanal trabajo de conservación realizado por el anatomista español Pedro Ara en 1952 había resistido las inclemencias del tiempo, pero no había podido evitar las marcas de la infamia.

Al limpiar la superficie del cuerpo con un paño de algodón humedecido, descubrieron que presentaba cerca de 35 lesiones evidentes. El tabique nasal fracturado, la cara y el cuello mostraban laceraciones, el pecho tenía marcas hundidas compatibles con quemaduras de cigarrillo, en la zona detrás de las orejas se observaban tajos de inspección forense ilegal, uno de los dedos de la mano derecha presentaba un corte profundo y estaba casi desprendido…

El ultraje era el reflejo físico de la violencia que la oligarquía había descargado contra el símbolo de los sectores populares. Perón mandó a fotografiar en detalle cada una de estas heridas como reaseguro histórico del vandalismo estatal. Sin embargo, prefirió guardar silencio público en ese momento, quizá para que no volviera a fracasar su segundo intento por retornar al país.

Mientras el acta se firmaba -con la única y llamativa ausencia de la rúbrica de Isabelita-, López Rega ya comenzaba a tejer su mística esotérica. El cuerpo de Evita fue depositado provisionalmente en el altillo de la casa sobre una mesa con tapa de mármol. Allí, el «Brujo» montaba ceremonias oscuras intentando traspasar el «carisma» de la difunta hacia la figura de la futura vicepresidenta.

Al día siguiente, Carlos Spadone, un joven empresario allegado a la intimidad del General, llegó a la quinta portando dos docenas de claveles rojos. «El cuerpo todavía estaba expuesto», recordaría años más tarde. El mismo Spadone, a quien Evita le había conseguido su primer empleo como mensajero del correo, fue al aeropuerto de Barajas a esperar la llegada de dos de las tres hermanas mujeres de Eva. Ellas fueron las encargadas de comprar la tela para confeccionar la mortaja donde envolvieron el cuerpo. Antes, Isabelita se encargó de lavar los cabellos rubios del cadáver y de cepillarlos delicadamente.

Perón en su laberinto

El General tenía claro lo que significaba su regreso final a la Argentina en 1973. En ese contexto que no presagiaba más que violencia, decidió que era imposible que Evita volviera con él. Contra lo que hubiera sido su deseo, Perón entendía que aquel cadáver tan reclamado por su pueblo funcionaba como un arma política de doble filo. Imaginaba -quizás con ingenuidad- una repatriación del féretro como un verdadero acto de Estado una vez que él volviese a la presidencia. Jamás pudo cumplir ese sueño.

Evita permanecería en España hasta fines de 1974. Fue repatriada tras una nueva carambola de la historia: Montoneros volvió a secuestrar el cadáver de Aramburu, esta vez del cementerio de la Recoleta, para exigirle al gobierno de Isabel el retorno de la abanderada de los humildes.

El 18 de noviembre por fin los restos de Evita volvieron al país. Hubo paro general declarado por la CGT y una multitud siguió su andar desde Aeroparque hasta la Quinta de Olivos, donde se los depositó en una capilla ardiente junto a los de Perón, fallecido cuatro meses antes.

El golpe de Estado del 76 puso nuevamente a los milicos en la disyuntiva de qué hacer con ese cadáver al que consideraban maldito. Recién en octubre de aquel año, Videla ordenó entregarlo a las hermanas Duarte con condiciones intransigentes: el entierro debía ser en el panteón familiar del Cementerio de la Recoleta, en el mayor de los secretos, por la madrugada y sin cortejo.

Durante los años del terrorismo de Estado, visitar libremente la tumba de Evita estuvo prohibido. El pasillo a la mítica bóveda se convirtió en una zona militarizada. Cualquier intento de dejar una flor o encender una vela era considerado un «acto subversivo» y motivo de detención. Aquel cuerpo que Perón prefirió resguardar en Madrid, terminaba en Buenos Aires: blindado por el miedo y vigilado por el mismo odio que lo había empujado al destierro.



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