La guerra llegó de pronto a la provincia de Corrientes. Desde el noroeste, los paraguayos entraron a Corrientes con el general Wenceslao Robles y 27.000 hombres; por el noreste, Barrios y Duarte, con una tropa menor, arrasaban los pueblos de la orilla del río Uruguay. Lo propio hacía Robles en las costas del Paraná medio: Itatí, San Cosme, etc. Luego, por el Bajo Paraná, hacia el sur, llegaron hasta Goya.
En abril de 1865 comenzó el baile sangriento de poras y fantasmas aulladores. Nadie estaba a salvo. Algunas familias que huyeron hacia el interior fueron alcanzadas; otras perdieron la vida. Algunos dejaron sus familias de obsequio al invasor, como en el caso de las famosas
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cautivas, pobres mujeres que sufrieron de todo a manos del invasor. Con dulzura, cantos, bailes y encuentros, perdieron el honor al ser ultrajadas. Este sendero es absolutamente previsible en tiempos de guerra; ellas fueron víctimas propiciatorias del salvajismo.
El inconveniente que encuentro es que, en vez de guardar silencio, como lo hicieron muchas mujeres mancilladas, los tardíos patriotas las expusieron. Otras tuvieron mejor suerte; al menos lavaron sus heridas, abortaron los fetos de los perpetradores y guardaron silencio. No bastó. Sus maridos, que volvieron de la guerra, lo sabían y nunca más las tocaron, por pecadoras; un castigo habitual en el hipócrita teatro de la sociedad tramoyista correntina y argentina.
Cuando Robles se entera de que los aliados internos desaparecieron, ordena la retirada, no sin antes saquear Goya, violar a cuanta mujer encontraran y cazar a los libertos esclavos que tanto esperaron la libertad para ser arrastrados como trapos viejos al Paraguay. Largas colas de hembras y cosas desfilaban por los pueblos hacia el norte. Cayeron Santa Lucía, Bella Vista, Saladas, San Roque, San Lorenzo y Empedrado. Nada quedaba en pie.
De Bella Vista aparece en las narraciones de Toco Navajas Artaza que su bisabuela nació debajo de una carretilla en el Paraguay. Los hombres, en general, eran ejecutados, salvo que compraran sus vidas. En el peregrinar tenebroso y grotesco hacia el norte, este desfile parecía más una marcha fúnebre que de humanos. El hambre, sumado a las enfermedades, dejaba cadáveres a lo largo del derrotero. Testigos de ello son la Cruz de los Paraguayos de Empedrado, donde gente piadosa enterró cuerpos de unos y otros: guaraníes, correntinos, correntinas y libertos. Otro hito es la Cruz de Manuel Derqui, con igual contenido.
Después le tocó el turno al Riachuelo. Corrientes Capital fue víctima de su propia gente; por eso solo algunos pocos fueron arreados. Recuerden el desastre de Paunero con la batalla de la Batería. Según los historiadores serios (por amargados, atormentados y desconsolados, no porque tengan mucha calidad), doscientas familias fueron llevadas en los buques río arriba. Nunca encontré un papel con dicho listado, pero la historia oral lo repite. No quiere decir que esta gente estuvo exenta de la violación y el saqueo. La orgía que armaron los aliados no tiene parangón en la historia correntina.
Me centro en Empedrado.
«Hablando la gente se entiende», dice el refrán. Conversando con una amiga, me narra que su mamá tuvo un tatarabuelo que fue cautivo paraguayo, situación rara porque generalmente a los hombres los mataban.
Dos postulaciones: la primera, que era o fue esclavo liberto; la segunda, que tenía un arte o profesión necesaria para la guerra. Formó, pues, parte de la columna de viajeros obligados a cruzar el Paraná al Paraguay. Su apellido era Pérez, como su descendencia.
Con hambre y sed, atacado por los mosquitos y otros insectos, estoicamente soportó el peregrinaje hacia el Paraguay. Su destino fue Pilar, en el Ñeembucú, lugar insalubre si los había: inundable, lleno de alimañas y otros condimentos poco agradables.
Pérez aceptó su destino. Para ganarse la confianza de los carceleros, su conducta era relevante y correcta. Sumado a una suerte mayor, las enfermedades no lo afectaron. Tenía hambre, sed y frío; sin embargo, la naturaleza fue piadosa con él. Conocía de yuyos curativos y, con esa cualidad, los pocos médicos de los hospitales paraguayos le permitían marchar con guardias a buscar el material para curar o aliviar los males generales. Como premio, recibía un poco más de comida que los galenos le proveían.
Dibujó en su mente cada sendero, cada montecillo. Cualquier referencia del gran arenal cercano a la iglesia del Pilar le servía. Los riachos, cuando crecían, cubrían el terreno de agua.
Una de las tantas noches en que los paraguayos tomaron por asalto una goleta del empresario Lanús cargada de aguardientes, luego de masacrar a la tripulación, realizaron un festejo venerable. Como vulgarmente se dice: se alzaron una borrachera de madre y señor mío. Los guardias dormían parados o caían redondos con el arma que tuvieran.
El empedradeño lentamente se escabulló siguiendo la posición de las estrellas. Además, el humo de las fogatas de la costa argentina, de los campamentos brasileños, uruguayos y argentinos, le servía de referencia. Se lanzó al agua y, a nadar se ha dicho. En su trajinar halló un pedazo de madera de la saqueada goleta argentina, cortó un pedazo de tela y se lo ató a una de las manos. En el silencio de la noche, nadando como decimos, estilo perrito, se fue alejando. Anduvo otros trechos por la arena, siempre orientado por el humo de los fogones y la luminosidad. Llegó al gran Paraná. Su libertad estaba enfrente, ¿o no?
Algo le decía que, si aparecía así de pronto, lo liquidaban. Era la guerra. Siguió de largo hacia donde la corriente lo arrastraba, más hacia la ciudad de Corrientes. Descansaba sobre la madera. Hizo una parada en la Isla de los Enamorados, frente al Paso de la Patria. Observó el celo de los guardias con sus fusiles y machetes.
Ese día, bajo el rayo del sol y oculto entre los arbustos, comió raíces y posiblemente hojas. Al anochecer siguió su andar. Nadó hasta lo que hoy sería el Perichón. Entre las piedras que en el lugar afloran estudió el movimiento de un guardia amodorrado. Lentamente salió del agua, juntó unos palos como quien lleva leña sobre el hombro y caminó un corto trecho. Un caballo pastaba tranquilo, sin vigía alguno.
Como quien no quiere la cosa, acarició al caballo. Montó en pelo con el haz de leña y buscó caminos poco transitados. Era un buen rastreador. De un rancho descolgó una camisa pobre como sus dueños. Pidió perdón antes de partir por la fechoría y se abrigó algo. Se sintió bien después de mucho tiempo.
Añoraba un cigarro y un trago de caña.
Tardó días, eludiendo partidas y mendigando un pedazo de pan en ranchos de pobres como él. Hasta realizó un trabajo para un hombre, cortando leña a cambio de una polenta de maíz que le pareció un manjar de reyes.
En ese largo trajinar aprendió a hablar con los espíritus. Sorpresa: nunca hacía fuego. Dormía montado, con la rienda atada a sus muñecas. Solo desmontaba para que el noble caballo se alimentara.
Una mañana nublada entró a Empedrado. Lo miraban con extrañeza hasta que lo conocieron y hubo festejo.
—¡Pérez escapó de los paraguayos! —decían.
Sus parientes, con la prudencia del caso, lo fueron alimentando de a poco. Nada de excesos.
Adquirió la costumbre de dirigirse al fondo a conversar. Los hermanos lo miraban con recelo.
—Se volvió loco —aseveraban.
Él, de pronto, los miraba seriamente.
—Vos estás metido en un problema con una mujer casada. Tené cuidado porque el marido te puso los puntos; le pagó al Toícho para que te liquide. Y vos, vete a devolver ese anillo que trajiste distraído del boliche; su dueño te anda buscando.
Los aludidos quedaron mudos, sorprendidos y asustados.
—¿Cómo sabés eso?
—Les dije que hablo con los muertos. Soy nigromante, médium o como quieran llamarme.
Mejor vamos para el Chaco a cortar quebrachos. A los que trabajan en los obrajes no los reclutan y los protegen. ¿Qué les parece?
Asombrados, los aludidos marcharon con su pariente a la labor. Años más tarde trabajarían en la naciente Forestal; después, en la Mansión de Invierno.
La vejez de Pérez llegó como a todos. Antes de partir al universo paralelo expresó:
—Mi madre y mi padre vendrán a buscarme en estos días. Solo les pido que no me entierren; quemen mi cuerpo con leña de quebracho. No sé por qué el tanino me llama; será por la sangre. Joaquín —así se llamaba su hijo—, debajo de tu cama hay una pareja de
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(víboras). No las mates; con la escoba y con cuidado arrastralas hasta el monte.
El cautivo formó familia, dejó hijos que ya fueron a la escuela, vivió en Empedrado y tuvo poderes sobrenaturales. Lo prueban las innumerables curaciones que realizó; hasta curaba mordeduras de víboras.
Su cualidad le salvó la vida y le enseñó a ser feliz.
Pero detrás de esta historia persiste una pregunta: ¿quiénes fueron los innumerables cautivos y cautivas que arriaron al Paraguay?
Esa es la materia pendiente para todos.
