En el Comedor Color Esperanza no hay margen para la metáfora: sobre las mesas de madera se acumulan las bolsas con los táper, latas reusadas y mochilas que esperan por la ración de la tarde. Mientras las cocineras pican huevo duro y ordenan las fuentes de bizcochuelos, en la puerta se amontonan los nombres de los que no llegan a fin de mes. Se multiplican mes a mes. En Villa Caraza (Lanús), la crisis no es una cifra abstracta, es la urgencia diaria de estirar la olla para que nadie se quede con las manos vacías. Las planillas de Excel con las que se gobierna la Argentina actual tienen acá el otro lado del espejo: los rostros de una pobreza bien real. Extremadamente real.
El mapa de esta emergencia se traza con la frialdad de la estadística, pero en los pasillos de las barriadas el hambre quema en la boca del estómago. La última planilla del Indec para el primer semestre de 2026 cayó sobre el territorio como un latigazo seco: el 32,3% de la población vive en hogares sepultados por debajo de la Canasta Básica. Son 2 millones de nuevos pobres que se sumaron a la mesa vacía en solo seis meses. Un promedio semestral que, traducido al mapa del Conurbano profundo, confirma lo que las barriadas ya gritaban: la estadística oficial llega tarde a un territorio donde el agua no tapa el cuello sino la frente, y donde la matemática del ajuste mileísta se mide en pibes que se van a dormir sin cenar, en quienes el futuro se transformó en ciencia ficción porque lo que quema es el presente.
“Nosotros estamos desbordados. Vienen a pedir un tapper personas que están sin laburo, pero cada vez más gente que tiene trabajo en blanco. Ya a nadie le alcanza para poder vivir”, cuenta Alejandra Ramos, cocinera de mirada firme y piadosa, una de las referentas que mantiene en pie el espacio desde abril de 2017. “Hacemos la función de un Estado que desapareció. Vienen vecinos que aunque tengan trabajo no llegan a fin de mes, los abuelos que no pasan del día diez con la jubilación de miseria, y los pibes de las clases de apoyo que en realidad vienen a ver si desayunan y almuerzan”.
En este rincón del arrabal de Lanús coordinado por el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), la matemática del desfinanciamiento libertario no sabe de eufemismos. Dos años atrás, las cocineras preparaban unas 120 viandas por jornada. Hoy, el promedio diario clava la aguja en los 200 táper: unas 120 familias golpeando la puerta, venidas no solo de Caraza, sino también de Lomas de Zamora, Villa Fiorito y La Ribera. Lo que cabe en cada recipiente -entre tres y cuatro litros de comida- tiene que alcanzar para alimentar hogares donde viven cinco o seis pibes más los adultos.
“El Gobierno habla de un Estado eficiente, pero es mentira”, levanta temperatura Alejandra mientras señala la mesa repleta de bolsas curtidas. Hace dos años no mandaban la comida, y ahora no alcanza lo que mandan porque cada vez somos más. Ellos dicen que se vienen los mejores meses de la historia de la Argentina, pero nosotros seguimos esperando. No ven la realidad de los barrios, y esto en cualquier momento va a estallar”.

Rascar la olla
“Me hace acordar al 2001, a la híper del ’89 con la caja PAN, pero ahora no hay ni caja ni pan –hace memoria Alejandra mientras sus compañeras pican con paciencia la escasa carne, la zanahoria, el huevo y el arroz para armar un salpicón salvador-. Nos sacaron el Potenciar Trabajo, que eran 78 mil pesos, no tenemos sueldo. Y encima hay que ver cómo los transas captan a los pibes que andan boyando por la falta de futuro. El padre sale a cartonear, junta 20 mil pesos que no le sirven para nada y vuelve estallado; la mujer sale a buscar comida y ropa acá. Esa es la realidad. El hambre no te deja pensar”.

En el pasillo del comedor, el joven Samuel apoya una lata con cuidado antes de arrancar con la deriva trágica del cirujeo. El muchacho de 28 años tenía trabajo en logística hasta que un accidente y la recesión le cerraron los portones de las fábricas. “Vivo de la calle. Si consigo comida, como. Si no, veo, todos los vecinos andan igual. Voy a cartonear a ver si rescato algo hasta que me den el táper. Hoy conseguí dos o tres naranjas, algo es algo. El Gobierno no hace nada, no me gusta la política, no le creo a nadie. Dependo de mí y del comedor, estoy con lo mínimo”, desliza con la resignación clavada en la voz antes de perderse por la barriada.
Adentro, la cocina es un territorio de trinchera iluminado por azulejos oscuros donde la dignidad se defiende con el cucharón. Inés Espinoza, madre de tres pibas en edad escolar, lleva dos años preparando el mate cocido de las tardes. “Acá no tenemos el agua al cuello; el agua ya nos tapó la frente con Milei –afirma Inés–. Hay que rascar la olla y rebajar raciones. Si tuviera a la ministra Pettovello o al presidente enfrente les diría que nos manden más comida, que sean francos para poder darnos una mano en serio. A ellos no les falta nada”.

A unos pasitos, Melany Gómez pica huevos duros para estirar el arroz en un fuentón de aluminio. Llegó desde Corrientes hace cinco años, pero confiesa que jamás vio una desolación igual. “El sábado no alcanzó la comida para los chicos. Y duele, duele mucho que 50 pibes se queden sin comer. El Gobierno dice que estamos bien, pero los únicos que están cada vez mejor son los que tienen plata. Los pobres y los barrios populares estamos cada vez peor”.
El Conurbano plebeyo vive al día, suspendido en una cornisa donde la organización comunitaria es la única red que evita la caída libre. Cuando la tarde cae en Caraza y las familias comienzan a retirar las bolsas, la puerta del comedor se cierra despacio. Queda el hollín de las ollas, las bandejas vacías y la certeza amarga de que mañana habrá 2 millones más de razones para volver a encender el fuego.
