Mi vago recuerdo es el de tener pegada mi oreja al parlante del combinado para entender algo de esa confusa mezcla, de la novedosa melodía interpretada por una atípica orquesta de tango acompañada por una exultante voz femenina, y como era en vivo en un festival en el Luna Park de Buenos Aires, había un sonido más, de fondo, compuesto de aplausos, gritos de aprobación, abucheos – «hija de perra» – y silbidos del público. La cantante, totalmente poseída por un espíritu dionisíaco arrabalero, lanzaba su voz más allá del Luna, a la luna de Callao, finalizando así: «¡Loco él, loca yo!».
Era la presentación a la masa de Balada para un loco, del músico argentino, Astor Piazzolla (formado en musicalmente en los barrios de Manhattan su padre, Nonino, escuchaba tangos y le regaló a los siete años una rareza: un bandoneón) y letra del poeta uruguayo Horacio Ferrer (se inspiró en Rey por inconveniencia, película de Philippe de Brocca) y cantada por Amelita Baltar, cuya interpretación no sé si es la mejor, pero sí la más sentida.
Una parte del público que asistía al «Festival Iberoamericano de la Canción», formaba, junto a compositores que idolatraban a Piazzolla, el jurado. Finalmente, el público sentenció a un olvidable tango interpretado por Jorge Sobral y privó del merecido triunfo a «balada», tal como empezó a ser llamado – ¿ese tango o ese vals? – en las discusiones de los cafés, oficinas, casas. Los cultores del tango tradicional y la pequeña elite de los seguidores del Piazzolla intelectualmente musical y los militantes de izquierda, la detestaban, pero Balada para un loco se transformó en un himno a la libertad del loco, siguiendo la línea de la anti psiquiatría. Unos años más tarde, en 1978, Jacques Lacan reformuló el final de su enseñanza al decir: «Todo el mundo es loco, es decir delirante», cada uno construye el sentido del mundo, sea compartido o no.
Piazzolla. es cosa sabida, revolucionó al tango a partir de influencias del jazz e influyó a otros géneros –en los que incursionó desde el tango– generó una marca, una marca argentina. Ya venía componiendo con Ferrer, María de Buenos Aires y Chiquilín de Bachín, las más reconocidas; junto a Amelita Baltar. Piazzolla grabó por entonces otra una versión de la Balada con Goyeneche, en un estudio de grabación.
Por entonces, hubo otras extraordinarias confluencias entre las baladas y el cine que reflejaban el revolucionario clima de los ´60 y comienzos de los ´70. Desde mi corta vida cinematográfica y musical de entonces, la primera que viene a mi memoria fue la balada de Bonnie and Clyde (compré el disco single) que Los mustang cantaban en castellano. No recuerdo cuándo vi por primera vez a la película de Arthur Penn (otro pionero), la canción ya me había contado cómo Bonnie y Clyde (eran pareja, unidos por ametralladoras y por un par de anillos de tungsteno en sus dedos) habían decidido vivir y morir en la aventura de robar los bancos que azotaban a los granjeros del Estados Unidos profundo con impagables hipotecas, sumidos en la absoluta pobreza de la Depresión económica de los´30, lo que generó una amplia simpatía por su accionar (su funeral rebosó de gente). Era necesario para el sistema que la Policía los «cociera» a balazos.
Las baladas (leí en Google y previo a la existencia de IA) son composiciones que nacieron en el medioevo con métrica y temas precisos, que renacieron en los «locos años `20» en EE. UU bajo el nombre de «ballads», algunas eran románticas, otras épicas. El cine se apropió de ellas bajo la forma de «los temas de amor» que siempre tenían las grandes películas épicas norteamericanas o europeas, que eran grabadas en diferentes versiones en todo el mundo, como lo hizo Alain Debray, pseudónimo del argentino Horacio Malvicino.
Pero la gran balada de esos tiempos y que aún tiene su eco es Je t´aime, moi non plus, de Serge Gainsbourg. La compuso para Brigitte Bardot con quien la cantó en 1967, luego en 1968 con su nueva y hermosísima pareja, Jane Birkin (la pareja duró unos años, pero el amor entre ellos, la eternidad) La espléndida Bardot se tomó revancha y la cantó con Alain Delon, la terminó de hacer popular.
Es una canción con una simple melodía que ondula como una ola o un viento leve, te eleva con su letra sensual y directamente te deja boquiabierto ante los gemidos explícitos que imitan al goce de una mujer en un acto sexual (hoy estaría cancelada y además creo que inspiró a Último tango en París, de Bertolucci y música del argentino Gato Barbieri). La canción pasó a formar parte del index de los temas censurados (mi madre me la prohibió explícitamente). Gainsbourg cuya vida fue una completa transgresión (su muerte produjo un temblor en Francia, a su funeral asistió Mitterrand) había tomado la carta manuscrita que dejó Bonnie y le agregó música inspirándose en A Whiter Shade of Pale, el conjunto inglés Procol Harum, un canto a una mujer que ha muerto.
En esta breve reseña no puede faltar Midnight cowboy (¿es una balada?), una melancólica y viajera música que compuso John Barry para la película homónima de John Schlesinger (ganó tres Óscar) y también en esa película, sonaba otra canción, Everybody´s talking, compuesta y cantada por Harry Nilsson, quien había sido, tiempo atrás, pareja de Jane Birkin.
Vuelvo a 1969. Se lanzó La balada de John y Yoko interpretada por The Beatles en un disco simple mientras se grababa Abbey road y fue censurada por usar las palabras «Cristo» y «crucificar». Era un canto al amor que se profesaban el uno y la otra, pero con un plus: un amor performático, Hay célebres videos de la pareja, una especie de road movie muy amoroso, la escena más recordada se los ve se en unos hoteles de Ámsterdam y Montreal, «hacemos el amor y no la guerra». También la pareja cargaba con el plus de que precipitó la separación de los fabulosos cuatro, todos estaban hartos de ser The Beatles (se lo dijeron como reproches en un par de canciones posteriores).
En el mismo año en España, Raphael, componía Balada de la trompeta (no fue de sus éxitos mayores) lo hacía de un modo increíble, dual, su voz sonaba como una triste trompeta y su cara era el rostro de un espectador. ¿En qué se habrá inspirado Raphael? No lo sé, pero Alex de la Iglesia se inspiró en «El niño de España», en 2010, para filmar su Balada triste de trompeta.
En 1971, un italiano, Ennio Morricone (genial compositor) y una norteamericana, Joan Báez (emblema de la beat generation) unieron sus extraños talentos y compusieron Balada de Sacco y Vanzetti, que sacudió y acompañó las protestas del movimiento estudiantil de EE. UU, inspirada en la historia de unos inmigrantes italianos en EE.UU. Otro italiano, Giuliano Montaldo hizo una película a la que llamó Sacco y Vanzetti, anarquistas en la nación a punto de coinvertirse en la más capitalista del mundo. La justicia norteamericana se encargó de mandar un mensaje al mundo, los condenó en 1921 a la silla eléctrica por un robo y un asesinato que no cometieron, en un viciado juicio muy cuestionado internacionalmente.
En los `70 la cultura de la balada se terminó. El canto del cine fue Imagine, de John Lennon y Yoko Ono, habiendo finalizado Vietnam, el flower power, la Guerra Fría y se había conquistado la luna; proponían la utopía de un amor universal sin fronteras. El mundo había cambiado, comenzaron a pulular las grandes discotecas con los globos de espejitos y música para bailar, bailar y bailar; un adiós a leer, pensar y protestar.
(*) Psiquiatra, psicoanalista y escritor correntino.
