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Escribir para alguien que ha sido, literalmente, el rostro de nuestra historia reciente en la pantalla y ejemplo de virtud ciudadana, que te costó el exilio es un ejercicio de gratitud, es difícil.
Fuimos amigos con muy poca asiduidad, pero sí con gran lealtad. En Argentina, hay nombres que se vuelven instituciones y el tuyo es, sin duda, sinónimo de compromiso, coherencia y talento.
A través de tus personajes nos enseñaste a mirarnos al espejo. Desde la picardía y la angustia de «Esperando la carroza» hasta la dignidad laburante de tantos otros roles, lograste algo que pocos consiguen: representar el ADN del argentino medio. Ese que pelea, que se equivoca, pero que, sobre todo, no se calla.
Más allá de las luces del escenario, tu figura se agiganta por tu integridad. En un mundo de silencios convenientes, siempre elegiste la palabra clara y la defensa de tus convicciones. Nos demostraste que se puede ser un artista inmenso sin necesidad de sacrificar la coherencia ciudadana. Tu honestidad no ha sido solo un rasgo de carácter, sino una lección de civismo para todos nosotros.
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