Vecinos capitalinos viven asediados por el desborde del hurto a pequeña escala  


La ciudad de Corrientes atraviesa una coyuntura crítica marcada por una sucesión de hechos de inseguridad que, si bien se encuadran mayoritariamente bajo la modalidad de hurto menor, han logrado fracturar la tranquilidad de los barrios y agotar la paciencia de una ciudadanía que se siente desprotegida. Lo que en las actas policiales figura como robos de escasa cuantía económica, representa para el vecino común una violación sistemática de su privacidad y un golpe emocional que escala hasta el hartazgo absoluto. Los episodios registrados en las últimas horas en los barrios Villa García, Pirayuí y Sargento Cabral no son casos aislados, sino el síntoma de un fenómeno creciente protagonizado por hombres jóvenes, muchos de ellos con frondosos antecedentes, que mantienen en vilo a familias enteras

EN LA SEGUNDA HAY MÁS DE 100 DENUNCIAS

Uno de los hechos que más hondo caló en la sensibilidad social ocurrió en el Barrio Villa García, específicamente en la intersección de las calles Río Juramento y Cabrera. Allí, la delincuencia cruzó una barrera simbólica al sustraer una imagen de la Virgen María de una gruta vecinal. Eliana, una de las residentes del lugar, relató con profunda indignación cómo un espacio que había sido recuperado por la comunidad fue profanado. Lo que años atrás era un basural a cielo abierto, se transformó gracias al esfuerzo de los habitantes en un sitio de oración y limpieza. La presencia de la imagen sagrada había logrado, por respeto religioso, que los desaprensivos dejaran de arrojar residuos. Sin embargo, el pasado martes por la tarde, entre las 16 y las 18 horas, los vecinos que se acercaron para realizar tareas de mantenimiento descubrieron con estupor que la imagen había desaparecido. Aunque el valor monetario de la pieza es relativo, el valor espiritual y el esfuerzo comunitario invertido son incalculables. La denuncia ya fue radicada y los vecinos esperan que las cámaras de seguridad de la zona permitan identificar a los responsables.

Eduardo Páparo, un vecino del barrio Sargento Cabral, lindante con el barrio Galván y el asentamiento de la calle Alberdi, expresó una frase que resume el sentimiento de muchos correntinos: me arrepiento de haber construido mi casa acá. Con 43 años y una vida arraigada en el sector, Páparo denunció que los ingresos a las propiedades son moneda corriente. El nivel de paranoia y precaución ha llegado a extremos absurdos, como tener que colocar candados con cadenas a las parrillas en los patios o enrejar las propias cámaras de seguridad para que no sean sustraídas. Según el testimonio del damnificado, el foco del conflicto está identificado en un grupo de cinco delincuentes habituales que cuentan con más de un centenar de denuncias en la Comisaría Segunda. La frustración vecinal apunta no solo a los malvivientes, sino al sistema judicial. Páparo cuestionó que, a pesar de aportar nombres, apellidos y direcciones, y de que los fiscales ordenen detenciones, los jueces terminan otorgando la libertad a los sospechosos bajo el argumento de que no existe peligro de fuga, dejando a los vecinos nuevamente a merced de sus victimarios.

Este ciclo de delitos y reincidencia también involucra a menores de edad, como quedó demostrado en un procedimiento realizado en el barrio Pirayuí. Efectivos del GRIM II debieron intervenir tras múltiples llamados que alertaban sobre un grupo de jóvenes que, a plena luz del día, se dedicaban a destruir y robar focos del alumbrado público en la calle Toledo. La policía logró la detención de un adolescente de 16 años, del barrio Fray José de la Quintana. Lo más impactante de este caso no fue el delito en sí, sino la reacción de su propio entorno familiar quienes se negaron inicialmente a atender el teléfono y luego evitaron retirarlo de la dependencia durante varias horas, según informaron ayer fuentes confiables. 

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