La segunda noche de la 35ª Fiesta Nacional del Chamamé volvió a confirmar una verdad que el público correntino defiende con convicción: la identidad no se negocia. En el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, colmado durante gran parte de la jornada, el chamamé fue refugio, raíz y celebración compartida, sin concesiones a sonidos ajenos a su esencia.
Fueron casi ocho horas de música, con una veintena de artistas sobre el escenario Osvaldo Sosa Cordero y un público atento, exigente y profundamente respetuoso de su cultura. Cada aplauso, cada sapucay, marcó el pulso de una noche en la que el repertorio y la pertenencia importaron tanto como el talento.
Antes de la medianoche Santiago «Bocha» Sheridan volvió a hacer lo que mejor sabe: emocionar. Con clásicos de siempre y una presencia escénica despojada de artificios, logró que el anfiteatro vibrara desde lo más hondo. Su voz, su modo de decir el chamamé y esa forma única de habitar el escenario fueron recibidos con una ovación sostenida, de esas que no se piden, se ganan.
Una vez más dio ese abrazo sonoro que el público espera año tras año. Cada canción fue coreada, sentida, celebrada como un patrimonio vivo. En su paso quedó claro que la fiesta puede sostenerse por sí sola cuando la música nace del mismo suelo que la escucha.
Luego llegó Nahuel Pennisi, y con él una de las postales más significativas de la noche. A diferencia de otras experiencias recientes que despertaron críticas por alejarse del género, el músico eligió dialogar con el chamamé desde el respeto. Y esa decisión fue clave. Algunos temas inclusive los interpretó acompañado por Los Hermanos Núñez, el vínculo con el público fue inmediato y sincero.
Recorrió obras emblemáticas del cancionero litoraleño y se animó incluso a llevar una de sus propias canciones al lenguaje chamamecero, en un gesto que el público leyó como homenaje y no como apropiación. La respuesta fue contundente: aplausos largos, sapucay encendido y una ovación que selló su lugar entre los invitados más queridos.
La gente bailó, cantó y celebró porque se sintió reconocida. Porque entendió que allí no se estaba usando al chamamé como excusa, sino honrándolo como centro. Esa es la vara que el público correntino sostiene, y la noche del sábado volvió a dejarlo claro.
Dos momentos claves, que también honraron las raíces, fueron las actuaciones de Las Chamameceras, Rosita Leiva y Noemí Maizárez, que compartieron un repertorio del pai Julián Zini. Y el segundo fue la presentación del chaqueño Coqui Ortiz, quien con su simpleza, pero también con la fuerza de su voz, conquistó como siempre al público. Esta vez estuvo acompañado por Sebastían Flores, hijo del querido y recordado Nini Flores, quien demostró tener un talento virtuoso como el padre en la ejecución del acordeón.
La grilla se completó con propuestas que reforzaron el lema «Refugio de Identidad», desde dúos y tríos jóvenes hasta referentes locales y regionales que mantuvieron encendida la llama del género. Hubo homenajes, cruces generacionales y momentos de emoción compartida.
La segunda noche dejó una enseñanza sencilla y profunda: el chamamecero abre los brazos cuando se lo respeta. Defiende lo suyo sin estridencias, pero con firmeza. Y cuando siente que su música es cuidada, responde con una fidelidad que no se compra ni se improvisa.
Grilla de hoy
Alfredo Monzón, Alma Vibrante – Pilar (Paraguay), Ariel Gauna y su Nueva Propuesta, Conjunto Sentimiento, Cristian Herrera, El Poderoso Javier Solís, Juan de Dios, La Junta Chamamecera, La Pilarcita, Los Chaque Che, Los Hermanos Velázquez, Los Príncipes de Misiones, Los Reales del Litoral, Miguel Figueroa y su conjunto Amanecer Campero, Simón de Jesús Palacios, Sofía Morales y el conjunto Vera Monzón.

