Una persona que tiene la idea de lo que quiere decir y que tiene claro qué decir, pero no puede decirlo porque le cuesta ordenar “los movimientos de la lengua, labios y boca”. Es la apraxia del habla, un trastorno neurológico que suele aparecer tras un ictus, un traumatismo craneoencefálico o un tumor, pero que no es tan fácil de detectar.
Dos expertas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), las profesoras colaboradoras de Logopedia Mariví Cobo y Laura Sáez, cuentan qué distingue a la apraxia del habla y los retos a los que se enfrentan los y las especialistas médicos cuando un paciente da síntomas de padecerla.
En el diagnóstico: la diferenciación
La UOC, en un comunicado, destaca que “en el entorno hospitalario se confunde con facilidad” este trastorno con otros también habituales después de una lesión cerebral, por lo que el principal reto es su diferenciación, en especial respecto a la disartria y a la afasia, con los que, incluso, la apraxia puede coexistir.
Para la diferenciación es importante saber, explica la universidad, que la disartria, aunque también trastorno motor del habla, obedece a un fallo en la fuerza, tono y coordinación de los músculos que propician el habla.
La afasia, sin embargo, es un trastorno del lenguaje que torpedea la elección de palabras, la gramática y la sintaxis, por lo que la construcción de las frases se resiente.
En la apraxia, el paciente tiene la idea y el mensaje, pero le cuesta ordenar los movimientos de los labios, la lengua y de la boca, por lo que no puede ejecutar ni la idea ni el mensaje.
Llevado a la práctica: Mariví Cobo plantea reparar en si la persona afectada puede, o no, planificar los movimientos necesarios para hablar. Se trataría de aplicar “un primer filtro” de tres pasos, y gracias a él, llegar a un diagnóstico preciso. Esos tres pasos son:
1- Comprobar que la musculatura del habla carece de debilidad o rigidez.
2- Corroborar si en la secuencia de movimientos de dicha musculatura se manifiesta el problema.
3- Verificar que el lenguaje y la comprensión se articulan correctamente.
En la evaluación: observación de errores o pausas extrañas
Los protocolos clásicos definen qué hay que observar: la articulación, la secuenciación, las transiciones entre sonidos, la prosodia y las inconsistencias.
El de Martins y Ortiz es uno de ellos; se apoya en “la experiencia del profesional al analizar cómo habla la persona” y se basa, por tanto, en la “observación clínica perceptiva”, apunta Cobo.
Este proceso de observación ha de dirigirse a la detección de varios patrones:
- Errores que van cambiando en la repetición de sílabas, palabras o frases.
- Dificultades al pasar de un sonido a otro.
- Diferencias entre pautas automáticas (contar) y voluntarias (repetir palabras concretas).
Pero no sólo, porque la apraxia puede estar en movimientos orofaciales (sacar la lengua, soplar), lo cual permite “ver si la persona duda, necesita varios intentos o rinde mejor de forma espontánea que ‘a la orden’”, señala la logopeda.
Por tanto, lo que se le entienda al paciente en conversación, fallos que pueda cometer en palabras complejas o en sílabas simples, dificultades en transiciones, inconsistencias o alteraciones de ritmo de habla son los indicadores clínicos de la magnitud y gravedad de la apraxia.
En el seguimiento: un proceso de tres fases
Laura Sáez aboga por un seguimiento del paciente estructurado en fases que se sustente en principios de “aprendizaje motor”, es decir, en prácticas de repetición que entrenen el movimiento de los músculos del habla.
Esas fases son:
Agudos
Según explica la UOC, la fase de “agudos” se ordena a partir del diagnóstico diferencial respecto a la afasia y la disartria, y a partir de aquí, se buscaría el modo de comunicación más eficaz para el o la paciente. Para ello serían imprescindibles recursos visuales, táctiles o rítmicos, por ejemplo, encaminados en cualquier caso a que la persona no caiga en “la frustración”.
«Aquí se buscan éxitos rápidos que reduzcan la frustración y eviten patrones compensatorios ineficaces», añade.

Rehabilitación
En donde el foco se pone en la mejora de la precisión, en la consecución de un habla más automática y en la aplicación de lo aprendido a situaciones reales. En otras palabras, “repetir mucho y de forma ordenada, y entonces subir la dificultad gradualmente para que el habla gane estabilidad”.
Alta
Ya en casa, el paciente ha de efectuar ejercicios que eviten regresiones.
Sáez enumera una serie de consejos para familia y cuidadores, principalmente asimilar que el paciente de la apraxia no tiene “un problema de inteligencia ni de comprensión, sino de programación motora del habla”. Así que mejor evitar prisas e interrupciones constantes, ya que pueden generar frustración en el paciente y empeorar el proceso.
Fundamental, por otro lado, la simplificación de las comunicaciones y huir de ruidos ambientales.
Igualmente es clave el uso de patrones visuales o la recurrencia a frases útiles referidas a situaciones reales concretas.
Y si aparece la fatiga en el/la paciente, parar. “En casa, la pauta general es la constancia”, concluye Sáez, según la nota de la UOC.
El reto de los datos y del pronóstico
Cobo lamenta que en España no haya “datos sobre la incidencia y prevalencia de la apraxia del habla”. Reclama un registro nacional homogéneo.
Sáez, por su parte, se detiene en las posibilidades de mejora de la apraxia, “especialmente en los primeros meses tras la lesión”, aunque sin soslayar que existe riesgo de que el trastorno deje secuelas o se cronifique.
Incide en las opciones de hacer terapia: de 3 a 5 sesiones semanales en enfoques intensivos y, más adelante, de 2 a 3 sesiones de 30 a 60 minutos cada una, ajustando por fatiga y capacidad de concentración.

