«Europa es hoy el espejo más evidente de este fenómeno. En varias ciudades, la postal de plazas sin niños dejó de ser una excepción para convertirse en regla. El dato ya no es solo demográfico, sino cultural y económico: las sociedades envejecen y el mundo, tal como fue diseñado, no necesariamente está preparado para eso», dijo la Interventora del Centro de Jubilados y Pensionados, Julia Fernández.
La pregunta ya no es si ocurrirá, explica, sino cómo se reorganizarán los sistemas para convivir con una población cada vez más longeva porque «más años de vida significa nuevos desafíos en todos los sentidos», dijo con conocimiento de causa quien en varios aspectos comenzó a incorporar en la institución acciones que ayudan a nivel mundial a una vejez más plena.
La medicina extendió la expectativa de vida de manera notable. Hoy no resulta extraño hablar de personas de 80, 90 o incluso 100 años. La longevidad dejó de ser excepcional para convertirse en tendencia.
Pero vivir más tiempo implica revisar estructuras que fueron pensadas para otro contexto. Uno de los puntos más sensibles es el sistema jubilatorio. Si una persona realiza aportes durante 30 años y luego vive 35 o 40 años más, la ecuación financiera se tensiona. El debate sobre la sustentabilidad previsional ya está sobre la mesa y, tarde o temprano, exigirá reformas profundas.
El turismo es un ejemplo claro. No será lo mismo planificar propuestas para jóvenes aventureros que para adultos mayores. Si el grueso de los viajeros supera los 70 años, difícilmente el eje esté puesto en escalar montañas o hacer trekking extremo. Lugares como El Chaltén o el cerro Monte Fitz Roy seguirán siendo destinos emblemáticos, pero el diseño de la experiencia deberá contemplar otras exigencias: accesibilidad, ritmos más pausados, atención personalizada y servicios médicos cercanos.
Lo mismo ocurrirá en múltiples rubros: vivienda, transporte, recreación, tecnología y salud. Todo indica que crecerá la demanda de acompañamiento personalizado.

