Los números que empiezan a difundirse sobre la situación financiera de los hogares argentinos deberían encender todas las alarmas. Según datos del Banco Central, la mora en el pago de deudas familiares alcanzó el nivel más alto en más de veinte años. Detrás de ese dato frío hay una realidad mucho más concreta: cada vez más familias ya no pueden pagar a tiempo sus tarjetas de crédito, sus préstamos o incluso los servicios básicos.
La estadística muestra que la cantidad de hogares con saldos impagos creció de manera sostenida y que el problema alcanza a todos los principales bancos del sistema. Si se suman las deudas tomadas a través de billeteras virtuales, el panorama se vuelve todavía más delicado: el 25% de los usuarios registra demoras superiores a los tres meses. No se trata de un fenómeno aislado ni de un comportamiento individual de mala administración. Los propios bancos reconocen que se trata de un fenómeno macroeconómico que ya empieza a impactar en sus balances.
La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo no van a caer en mora los hogares si los ingresos no alcanzan para sostener el costo de vida?
Hoy, según las estimaciones más recientes, una familia necesita alrededor de 1.400.000 pesos mensuales para no caer por debajo de la línea de pobreza. Sin embargo, esos ingresos prácticamente no existen en la realidad de la mayoría de los trabajadores. Gran parte de los salarios argentinos están muy lejos de esa cifra, lo que obliga a las familias a financiar el consumo cotidiano con crédito. La tarjeta deja de ser una herramienta para compras excepcionales y pasa a convertirse en un mecanismo para pagar alimentos, medicamentos o servicios básicos.
El problema se agrava cuando el mercado laboral empieza a deteriorarse. Entre junio y diciembre de 2025 se perdieron casi 100 mil empleos asalariados en la Argentina. Solo en diciembre el empleo privado volvió a retroceder, confirmando una tendencia que ya lleva más de un año de destrucción neta de puestos formales.
Las estadísticas también muestran un fenómeno preocupante: mientras cae el empleo asalariado, crece el trabajo independiente. Es decir, aumentan los monotributistas y otras formas laborales más precarias. En muchos casos no se trata de emprendimientos prósperos sino de trabajadores que, ante la falta de empleo formal, buscan sobrevivir como pueden.
Cuando el empleo formal se debilita, la economía pierde uno de sus pilares fundamentales: la estabilidad de los ingresos. Sin salarios previsibles ni seguros, el consumo se vuelve frágil y la cadena de pagos comienza a resentirse.
En las provincias, este panorama se vuelve aún más evidente. En Corrientes, por ejemplo, la crisis laboral ya tiene nombres y apellidos. Trabajadores despedidos en Forestal Tapebicuá en Gobernador Virasoro, cesantías en la textil Alal en Goya y una realidad que se repite a diario en los centros comerciales: locales que bajan sus persianas porque las ventas ya no alcanzan para sostener los costos.
Cada comercio que cierra no es solo un negocio menos. Es un empleo menos, una familia con menos ingresos y una comunidad con menos movimiento económico.
En este contexto, la mora de los hogares no es la causa del problema, sino su consecuencia. Es la expresión visible de una economía que dejó de cerrar para millones de personas. Cuando el salario no alcanza, el crédito aparece como un puente para llegar a fin de mes. Pero cuando ese puente se vuelve permanente, tarde o temprano termina colapsando.
La preocupación no debería centrarse únicamente en los balances de los bancos, sino en la sostenibilidad del ingreso de las familias. Porque cuando los hogares empiezan a fallar en sus pagos, lo que está en crisis no es solamente el sistema financiero: es el funcionamiento mismo de la economía real.

