
Anoche, al cierre de esta edición, el gobierno de Javier Milei batallaba en el ámbito de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación para obtener un dictamen mayoritario a favor del proyecto de Ley Ómnibus que pretende llevar al recinto mañana; en tanto hoy se concretará el primer paro general, con movilización, que se apuró a convocar la CGT con el respaldo del kirchnerismo y todos los aliados de Unión por la Patria, más los partidos de izquierda y las organizaciones sociales. En definitiva, un paro con la mascarada de reivindicaciones laborales y sociales que en realidad es una manifestación de claro corte político. Es la huelga que representa el ideario del 44 % que votó a Sergio Massa. Por fuera de este escenario, pero con visibles conductos que lo vinculan y alimentan, está la realidad del ciudadano de a pie, que tiene una preocupación central: vivir todos los días sin rodar ni desfallecer.
Dicho de otro modo, la gente tiene una misión cotidiana: sobrevivir. La dirigencia, especialmente la que trajina la política está distraída de esa situación. No le toca, está alejada del albur que padecen los mortales. En ese segmento de desubicados hay que incluir a la administración de Javier Milei que apenas asumió -hace 44 días- pasó a formar parte de la casta, que tanto cuestionaban.
El hecho es que por encima de todos los asuntos que entretiene a la política, a la dirigencia del poder económico y a los presuntos referentes del sector social, está instalado un problema que no tiene solución, ¿no tiene solución? Se trata de la inflación.
Aunque la mayoría de las consultoras del sector privado están dando pronósticos positivos del mes de enero, es decir con un índice más bajo que el resultado de diciembre que fue de 25,5 %, la sensación en la calle es que si bien los precios no están corriendo a la velocidad del mes pasado, tampoco se han detenido. Hay una inercia de crecimiento que tal vez no configure una corrida, pero el costo de vida sigue evolucionando.
A principio de esta semana, el presidente Milei señaló que si el índice de enero da al mismo nivel que diciembre, es decir en el orden del 25 %, habrá que considerar un éxito. Y si el índice oficial se ubica por debajo del 20 % «es para celebrar».
Es extraño el indicador de diciembre que ya fue sorpresivo si en la próxima lectura el Indec marca un descenso -tal como están vaticinando las consultoras- pues en ese caso se estaría en presencia de un fenómeno impensado. Hay que recordar que el Presidente admitió que tenía una previsión de inflación de entre el 30 y el 40 % mensual. No se cumplió.
Ante el hipotético caso de que la inflación de enero, en el peor de los casos, iguale a la de diciembre pasado -es decir 25 %- quedará confirmada la rareza que se computará como ganancia para el Gobierno. Es que nadie, ni siquiera en la Casa Rosada, esperaba cifras tan aliviadoras.
Ahora bien, el problema de fondo es la razón que llevaría a ese «descenso» del costo de vida: la principal, un ajuste con pocos miramientos que ha retraído brutalmente el consumo y en consecuencia caen los precios. El recorte de shock implementado está provocando un empobrecimiento a todo galope de los sectores medios (clases «media baja», «media-media» y «media alta»).
Los especialistas coinciden en que las tres subclases en que puede dividirse a lo que se conoce genéricamente como «clase media», saldrán más pobres de esta nueva política de ajuste.
Este es el telón de fondo de la actual coyuntura. En escena, los actores de la política, la economía, el sindicalismo y la representación social tironean por un paquete de medidas con más o menos legalidad mientras la realidad, implacable, condiciona la vida cotidiana de la gente. s
