La dictadura venezolana es efectivamente una narcotiranía


Negar que Venezuela está gobernada por una narcotiranía es una ofensa a los venezolanos que han resistido durante años el hambre, la represión y la barbarie de Nicolás Maduro, y también una falta de respeto al mundo que sufre la droga, el oro ilegal, el tráfico de personas y los delitos transnacionales que se gestan desde Caracas.

Un artículo publicado en Clarín (Como Donald Trump se volvió el mejor aliado de Nicolás Maduro) desconoce hechos. Y hacerlo en este momento histórico, justo un año después de que los venezolanos protagonizamos el mayor movimiento social de liberación de nuestra historia, el 28 de julio de 2024, es grave. Ese día, millones votamos, con coraje y en paz, y elegimos con un resultado 70/30 a Edmundo González Urrutia, en un proceso liderado por María Corina Machado. ¿Qué hizo el régimen? Robarnos la victoria con represión, persecución y terrorismo de Estado.

Hablar de “radicalidad” de María Corina Machado como causa del fracaso es no entender —o peor, negar deliberadamente— que el problema en Venezuela no es la oposición, sino una mafia armada y financiada por el narcotráfico que comete terrorismo de Estado, según ha denunciado la propia CIDH.

Narcotráfico y crimen: hechos probados

No son teorías ni exageraciones. Hace más de una década, el periodista Héctor Landaeta publicó un libro de conversaciones con Mildred Camero, exmagistrada y expresidenta de la Comisión Nacional Contra el Uso Ilícito de las Drogas (CONACUID), donde ya se advertía una verdad que hoy nadie puede negar: en Venezuela el narcotráfico no lo dominan carteles civiles, sino militares, altos funcionarios y cuerpos policiales.

Historias de crímenes, extorsión y corrupción quedaban al descubierto desde que un grupo de generales desplazó al reconocido narcotraficante Walid Makled para erigirse como los nuevos capos, amparados por el poder y la impunidad.

Este libro demuestra que lo que hoy algunos pretenden relativizar ya estaba documentado hace años: el chavismo es un Cártel. El Departamento del Tesoro de EE. UU. designó en 2025 al Cártel de los Soles como organización terrorista global, encabezado por Maduro. La Fiscalía de Nueva York ya había acusado en 2020 a Maduro, Diosdado Cabello y otros cabecillas del régimen por narco-terrorismo, documentando cómo “corrompieron las instituciones legítimas del Estado” para traficar cocaína a gran escala, en alianza con las FARC.

Altos jerarcas chavistas han sido acusados y condenados: Néstor Reverol, exministro de Interior, acusado por recibir pagos para facilitar cargamentos de cocaína. Tareck El Aissami, sancionado y acusado por narcotráfico y lavado. Hugo Carvajal, exjefe de inteligencia, admitió en 2025 su rol en narco-terrorismo, tras ser detenido en España y extraditado a Estados Unidos, donde está siendo juzgado. No olvidemos, desde luego, a Nicolás Maduro y a Diosdado Cabello, cuya recompensa por narcotráfico ya alcanzaron los 50 y 25 millones de dólares, respectivamente.

Los cargamentos son conocidos: un DC-9 con 5,6 toneladas en 2006 desde Maiquetía, 1,3 toneladas en un vuelo de Air France en 2013. Todo ello con acceso de la Guardia Nacional y cobertura estatal. Desde 2010, estudios como el de IDPC describen a Venezuela como un territorio donde el negocio de las drogas se volvió “caótico” porque la mafia capturó al Estado.

Lo que une a la mafia no es el nacionalismo: es el dinero. La ONG Transparencia Venezuela menciona: Solo en 2024 el narcotráfico en Venezuela generó ingresos brutos por 8.236 millones de dólares, una cifra que pone en relieve el aumento de esta economía ilícita en el territorio nacional y que refleja el rol cada vez más activo que tiene el país en el mercado mundial de las drogas, según el más reciente informe publicado por Transparencia Venezuela en el exilio.

Maduro con el ex vicepresidente del regimen, Tarek El Aissami, uno de los narcofuncionarios de la dictadura AFP

Todo esto ha sido confirmado por, nada más y nada menos, que la DEA. Lo que sostiene a la mafia chavista es la plata: la cocaína que ya no logran mover con la misma fluidez, el oro ilegal que está cada vez más cercado, los negocios ilícitos que ya no son suficientes para mantener su maquinaria.

Tan solo en 2024, el régimen de Maduro generó ingresos brutos por 8.236 millones de dólares producto del narcotráfico, según ha documentado la ONG Transparencia Venezuela (hoy desde el exilio, por la persecución chavista). Se estima que el año pasado pudieron circular por territorio venezolano aproximadamente 639 toneladas de esta droga.

Decir que combatir esta estructura criminal fortalece a Maduro y “los une más” por un supuesto nacionalismo, es desconocer cómo funciona el crimen organizado. Los une el botín, no el discurso. Cuando ese botín se achica, la lealtad se resquebraja. Plantear que enfrentar al chavismo es “ayudarlo” es una contradicción lógica y un argumento de una irresponsabilidad absoluta.

El chavismo no necesita enemigos externos para unirse: necesita dinero, rutas y protección estatal para traficar drogas, oro y personas. Su poder no se fortalece con sanciones ni operaciones internacionales: se debilita. Lo que sí lo fortalece es la complicidad, la relativización y la propaganda disfrazada de análisis.

Del lado de la verdad y las víctimas

El periodismo tiene un deber con la verdad y con las víctimas. Publicar que el Cártel de los Soles no existe o que la culpa de lo que sucede en Venezuela es de quienes resisten, es darle voz al verdugo y negársela a los oprimidos. En Venezuela hay hoy más de 800 presos políticos, 19 de ellos son precisamente periodistas que han sido encarcelados por decir la verdad. Hay más de 50 desaparecidos forzados. Hay madres que no saben dónde están sus hijos. Hay comunidades devastadas por el narcotráfico. Hay un pueblo que votó y cuya victoria le fue robada. Negar eso desde la comodidad de un escritorio no es periodismo: es complicidad.

El 28 de julio los venezolanos demostramos nuestra fuerza, nuestro deseo de democracia y nuestra disposición a una transición pacífica. Esa épica, esa victoria, es tan real como los buques que hoy están cerca de las costas venezolanas. Y tan real como la tiranía liderada por una mafia armada y financiada por el narcotráfico.

El fin del flagelo chavista será también el fin del sistema criminal que ha convertido a Venezuela en un centro de operaciones del terrorismo y el narcotráfico global. No habrá paz ni justicia mientras se siga relativizando esta verdad. Por eso, en nombre de millones de venezolanos, hago esta réplica: porque la verdad no puede quedar silenciada por la propaganda.

* Defensora de derechos humanos. Secretaria General Foro Argentino para la Defensa de la Democracia (FADD) y miembro fundadora del Foro Argentino contra el Antisemitismo (FACA)

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