De la emergencia a lo preventivo: la recuperación del monte y el valor de la experiencia comunitaria


Hace cuatro años que vecinos y vecinas de ambos barrios -Valenti y Las Gemelas- participan en brigadas forestales. Se forman, se equipan, se preparan. “Lo que nos interesa es cuidar el monte nativo, y que no nos lleguen los fuego a la zona de interfase”, cuenta Martín y agrega que en la brigada barrial hoy son unas doce personas activas: “hacemos rifas, nos fabricamos nuestras herramientas y recientemente con la ordenanza municipal de la Cuenca del río Dolores-San Marcos, participamos de la Junta de Protección Civil, en capacitaciones y articulando con bomberos”.

Cuando recuerda aquella madrugada del 19 de septiembre de 2024, Martín explica con precisión como ese fuego que había comenzado en la localidad de Dolores, llegó a Capilla por las laderas del cerro Las Gemelas y bajó hacia el barrio Valenti. “Como vecinos juntamos agua, mantenemos las calles bien anchas, pero con vientos de 60 kilómetros que cambian cada dos o tres horas, no se puede hacer mucho”, dice recordando como el fuego les terminó pasando por encima y llegó a la calle Aconcagua hacia el sureste, donde tiene su casa.

“Uno piensa que ataca con el agua y apaga el fuego una vez, pero al día siguiente el barrio estaba sin agua, la empresa municipal cortaba el suministro, algunos postes de luz ya habían sido quemados. Nos vuelve a pegar el fuego y esta vez sí cruza la calle y entra al barrio. En mi casa se quemó la galería, pero el problema era el humo y tuvimos que irnos”.

El viento del este empujaba al fuego que avanzaba. Llegó a quemar dos casas en Valenti y dos cabañas en Gemelas. En Dolores y San Esteban ya eran más de 17. “A la media hora que pegó el fuego ya se podía respirar, pudimos volver y terminamos de apagar los focos de mi casa”, dice Martín y recuerda que eran muchas palmas de Caranday y material seco en el monte.

Esa noche fueron 40 vecinos y vecinas haciendo guardia de cenizas. Los reinicios eran permanentes y los bomberos pudieron pararlo doscientos metros más abajo porque había una pileta de agua. El aprendizaje de una experiencia límite como esta derivó en pensar el territorio en función de las líneas de agua para prevenir el avance el fuego. “Tener los reservorios de agua marcados, e inventariados a nivel barrial, para saber dónde están. Y que el vecino que lo tenga en su casa o en el lote de al lado, por lo menos pueda ubicarlos”.

Cuidar el monte también es cuidar el cuerpo

Fueron 15 días intensos, donde se salía al monte dos o hasta tres veces. La tierra humeaba y el calor subía, por lo que estar equipado era clave para el cuidado personal y colectivo: borcegos, ropa ignífuga, máscara, guantes, casco, herramientas forestales, mochilas de agua. Los equipos en las brigadas barriales se fueron armando gracias a la organización comunitaria. “Ya con cuatro años sabemos que hay que cuidarse”, dice Martín y asegura que la parte práctica es tan importante como la formación teórica de lo que es el fuego.

Pensar en lo preventivo implica el cuidado del monte y el de las personas que lo protegen. Hay distintos niveles para los que se van a acercar en un contexto de incendio. En principio, realizan el enfriamiento del perímetro, nunca enfrentando las llamas y siempre con ropa de trabajo: “vamos apagando focos con la lectura del clima, coordinadamente con brigadas y bomberos”, dice y aclara que en Capilla del Monte son cinco las brigadas barriales forestales que funcionan.

Vecinos y vecinas del barrio Valenti. Noviembre 2024

Cuando el fuego se enciende el humo se mete por donde no hay espacio, sube, ocupa hasta lo que creemos que no existe. Los animales corren sin ver y las madrigueras calientes suelen ser los refugios para algunos. Los pájaros se desorientan en un aleteo agotador hacia ninguna parte. El humo, esa mezcla visible de gases producida por la combustión de una sustancia, en esos días de calor y viento, era una chimenea sobre los lomo de los cerros. Inhalarlo puede ser tan letal como el fuego: “nos arrastramos, nos ponemos bien abajo, pero ante una pared de humo hay que irse -asegura Martín- cambia el viento y se viene toda la pared encima”.

Bruno es otro vecino del barrio Valenti. Participa de la Brigada y en esos días tragó demasiado humo mientras el fuego rodeaba su casa. Cuando el aire se hace visible, cientos de sustancias químicas y vapores se concentran: el humo se compone principalmente de carbono (hollín), alquitrán, aceites y cenizas. Bruno estuvo diez días con problemas pulmonares, “cuando fue al hospital quedó internado y le sacaron 10 litros de agua de sus pulmones, de casualidad está vivo con medicación de por vida”.

Las secuelas también quedan en los cuerpos. La piel puede volverse rugosa como la costra quemada de los árboles. El aire apretado se hace aún más estrecho entre los pulmones. La vida es toda una: lo que asfixia afuera, asfixia adentro.

Líneas de agua en altura

La memoria se descubre en los cerros, habita el tiempo que fue y exhibe los rastros de lo que puede volver a ser. La tierra desnuda sostiene los troncos aún sombreados por los fuegos que calcinaron el monte, apenas un año atrás. Hoy la experiencia ha crecido en lo organizativo y en lo preventivo. Las propuestas comenzaron a multiplicarse en el Valle de Punilla, planificando la colocación de reservorios de agua en altura.

En el 2025, desde el proyecto “Agua en Altura”, se colocaron 14 tanques de mil litros de agua cada uno, en puntos geoestratégicos, entre la localidad de La Cumbre y Los Cocos, para un posible combate al fuego. Se pudo así concretar un sistema de prevención para garantizar el acceso al agua en las zonas altas y quebradizas de los cerros.

“El Cuerpo de Bomberos de Los Cocos es en gran medida el protagonista principal de este proyecto”, dice Nicolás Marí, investigador del Inta Cruz del Eje y vecino de la localidad de La Cumbre. En el cuartel de bomberos y bomberas, se prepararon las bases de metal para los tanques que se construyeron con los materiales que fueron donados.

Entre los distintos actores de esta apuesta colectiva para la prevención, participan el INTA y la Asociación Rural de Sierras Chicas, entidades que empezaron siendo el motor para establecer prioridades dentro del territorio y convocar a distintas mesas de trabajo. El proyecto tiene el apoyo de los municipios de Los Cocos y de La Cumbre, además de las donaciones particulares.

Así, se fueron reuniendo pobladores de la región junto a bomberos y a la Brigada de Acción Comunitaria de La Cumbre (BAC), que nace a partir de los incendios del año 2024.

Cada tanque de agua es un cubo liviano de un 1,20 x 1,20: “son fáciles de transportar e intercambiables de lugar, si queremos moverlo en un terreno tan difícil”, explica Santiago Fulca, jefe del cuartel de Bomberos Voluntarios de Los Cocos. Con las bases listas, finalmente el 10 de agosto se terminó la primera etapa del proyecto con 14 mil litros de agua sobre unos 1500 metros de altura.

Imágenes: Bomberos de Los Cocos

“Se da la dualidad de que la temporada alta de incendios, es la temporada baja del recurso hídrico. Si no tenés algún reservorio previsto, cuando sea la época de ocurrencia de incendios, no tenés el recurso”, explica Santiago.

Así, los puntos para ubicar los tanques abastecerán en parte algo de la sed del monte. Ubicados a unos 1500-1600 metros de altura sobre el nivel del mar, cerca de las nacientes de los arroyos y ríos, otra de las prioridades de este proyecto es mejorar las condiciones de los caminos pedregosos y abrir pasos para los accesos. “En la época invernal comienzan a bajar las napas, los arroyos y vertientes pierden caudal, están en bajante”, agrega Santiago.

Uno de los puntos de encuentro para instalar una base operativa en caso de incendio, será un dique fantasma que data de 1940, conocido como el dique “Los Laureles”. El camino hacia esta obra  inconclusa está cargado de piedras. Se puede acceder por la ruta zigzagueante entre La Cumbre y Los Cocos, a unos 80 kilómetros de la ciudad capital de Córdoba. La subida va dejando atrás un puñado de casas que cuelgan entre los cerros en silencio. Abajo van quedando los árboles exóticos, esos que ingresaron con los inmigrantes europeos del siglo pasado, y el borde del camino se hace frágil. Desde la tierra pedregosa se estiran los molles hasta donde parece que el cielo delimita una línea horizontal infinita. El suelo se hace un pajonal extenso que respira con el viento de la parte alta de las sierras.

Allí, donde sólo quedan restos del obrador y un par de máquinas oxidadas, las ruinas son una montaña de piedras encimadas, vestigios de un embalse que quedó abandonado hace 82 años. Casi un siglo después, el lugar se convierte en un punto de encuentro para el abastecimiento de agua.

En esta primera etapa se colocaron 14 tanques aún más arriba de este dique, en una zona llamada Las Pampillas, “esa es parte de la red de agua que se está instalando”, dice Nicolás. “Yendo por el camino que se conoce como Las Antenas, que nace en Cruz Chica”, completa Santiago y suma que, allí cerca está la naciente del arroyo Cruz Grande, desde donde piensan extraer el agua para la re-carga de esos tanques.

Un reservorio de 14 mil litros de agua se guarda sobre la cima de este ecosistema de pastizal, cuya ubicación fue establecida a partir de considerar puntos prioritarios, “que beneficien a todos: caminos donde hay accesos y zonas muy recurrentes de incendios. Después, esos puntos se van a ir multiplicando”, admite Santiago. “El objetivo es que los tanques estén instalados en lugares, que son distintos campos privados, estratégicos y equidistantes, para que los bomberos tengan agua, y que llegado el caso, tengan mayor capacidad para controlarlo”, resume Nicolás.

 A esa altura, los jotes -esas aves inmensas y oscuras- planean observando la quebrada, mientras que sobre el lomo de los cerros, estructuras metálicas sostienen los distintos puestos de agua de mil litros cada uno.

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Hay una construcción colectiva que nace desde el territorio ante la catástrofe y habilita la organización y la puesta en marcha de alternativas comunitarias. La propuesta es que estas experiencias se multipliquen desde la organización comunitaria de cada lugar.

En el barrio Valenti, también se proyecta la instalación de 15 bines: “se van a instalar bien arriba de las lomas tanques de mil litros, vamos a estar armando líneas de agua -dice sobre el final Martín Cernadas- y los corta fuegos, con calles bien anchas para que no pase con vientos normales, y estar siempre prevenidos”.

Los pasos se alejan. Ya cruzamos esta montaña. Sus bordes, para no lastimar las cicatrices de este suelo que brota. Las abejas se empalagan sobre las mirabilis. El palo amarillo vuelve al monte dulce. Los jotes nunca dejan de observar. Ya cruzamos esta montaña. Sus piedras y caminos, un paseo generoso que se abre para mostrar lo que regresa.

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