Hay películas que se miran. Otras se sienten. Y hay algunas, muy pocas, que se viven en silencio, con la emoción apretando la garganta. «Malvinas en cuerpo y alma» pertenece a esta última categoría. No es solamente una película, ni siquiera solamente un documental: es memoria viva, es historia contada por sus propios protagonistas, es una herida que se abre para poder cerrar un poco mejor.
La proyección en el auditorio Julián Zini fue una de esas tardes en las que el silencio dice más que cualquier aplauso. Un auditorio colmado, respetuoso, atento, acompañando cada testimonio, cada imagen, cada paso de estos hombres que volvieron a las islas 43 años después de la guerra. Ya no como aquellos chicos de 17 o 18 años que fueron enviados a combatir, sino como hombres de más de 60 que regresaron a encontrarse con su historia, con sus recuerdos y con sus compañeros que quedaron allá para siempre.
El trabajo de Gustavo Lescano y Juan Ferragud es enorme, no solo desde lo audiovisual, sino desde lo humano. Logran mostrar no solamente el viaje, sino lo que ese viaje significa. El llamado «viaje de sanación» deja de ser una frase para convertirse en algo concreto, visible, profundamente conmovedor. La película permite entender qué significa volver al lugar donde se pasó hambre, frío, miedo y dolor; volver al lugar del que fueron retirados tras la rendición; volver al lugar donde quedaron amigos, compañeros, hermanos de guerra.
La película testimonial tiene esa fuerza particular: la primera persona. No hay grandes artificios narrativos, ni reconstrucciones dramáticas. Lo que hay son voces, miradas, silencios, lágrimas, sonrisas tímidas, recuerdos que aparecen mientras caminan nuevamente esas tierras inhóspitas. Y allí está su mayor valor: en la verdad de lo que se cuenta.
El momento más fuerte, sin dudas, es la visita al Cementerio de Darwin. Allí donde descansan sus camaradas. Allí donde pueden hablarles, rezar, llorar, dejarles flores, rosarios, palabras que quedaron pendientes durante más de cuatro décadas. Es imposible no emocionarse en esa escena. Es imposible no entender que ese viaje no es turismo, no es un paseo, no es una excursión. Es un reencuentro con la vida y con la muerte, con la juventud perdida y con la memoria que nunca se fue.
Pero la película también muestra los detalles: el paisaje agreste, el viento constante, la soledad del territorio, los pingüinos, los caminos, las murtillas que los soldados comían cuando no había otra cosa. Y también muestra algo profundamente correntino: el chamamé, el sapucay, la emoción que se canta y se grita porque si no, no alcanza.
«Malvinas en cuerpo y alma» es importante porque deja testimonio. Porque dentro de muchos años, cuando ya no estén estos protagonistas, quedarán sus voces, sus relatos, sus miradas frente a cámara. Quedará esta película como documento histórico, como material de memoria, como una forma de entender la guerra no desde los libros, sino desde las personas.
Este trabajo audiovisual deja la vara muy alta. No solo por la calidad del registro, sino por la sensibilidad con la que fue realizado. Porque se nota que no fue hecho desde afuera, sino desde el respeto, desde el compromiso y desde la emoción.
Al final, uno sale de la proyección con una sensación clara: las Malvinas no son solamente un territorio en disputa. Son historias, son nombres, son familias, son recuerdos, son vidas atravesadas por una guerra que todavía sigue presente en la memoria de quienes la vivieron.
Y esta película logra algo muy difícil: que esa memoria también pase a ser un poco nuestra.

