Cavilaciones sobre la Tercera Guerra Mundial


En los balances inevitables de fin de año, muchos alrededor del mundo posiblemente se pregunten dónde estamos o con más precisión, dónde nos han llevado. La humanidad concluye un año disruptivo, con reglas disueltas e imperialismos anacrónicos diversos regresando de la mano de multitud de autócratas en sendas similares a las caminadas en el inicio del siglo pasado.

Un mundo de vasallos, incluso dentro de las fronteras de los imperios donde presidentes como Donald Trump o Vladimir Putin deciden sin consultar ni rendir las consecuencias de sus actos y prohiben las protestas y repudian las disidencias para proteger una extraordinaria concentración de riqueza y de poder. ¿Es esto la Tercera Guerra mundial? Posiblemente no de palos como prevenía Einstein, pero sí de autoritarismos, racismo y anarquía.

Conmueve leer el balance que acaba de publicar John Simpson, uno de los observadores más importantes de la era desde su balcón en la BBC de Londres que, tras haber testimoniado conflictos durante más de medio siglo, concluye que nunca vio al mundo en un peligro semejante al actual.

“He informado sobre más de 40 guerras en todo el mundo a lo largo de mi carrera, que se remonta a la década de 1960. Vi cómo la Guerra Fría alcanzaba su apogeo y luego simplemente se evaporaba. Pero nunca había visto un año tan preocupante como 2025, no solo porque varios conflictos importantes están en plena ebullición, sino porque cada vez es más evidente que uno de ellos tiene implicaciones geopolíticas de una importancia sin precedentes. El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, ha advertido que el conflicto actual en su país podría escalar hasta convertirse en una guerra mundial. Tras casi 60 años observando conflictos, tengo el mal presentimiento de que tiene razón”, escribe este notable tripulante de gran parte del siglo.

Apunta en principio a un temor creciente por el significado real de la guerra en Ucrania que no es la que esgrime el líder del Kremlin. “Este año Rusia, al notar la aparente falta de interés de EE.UU. en Europa, parece lista y dispuesta a impulsar un dominio mucho mayor. Putin afirmó que Rusia no planeaba entrar en guerra con Europa, pero que estaba lista ‘ya mismo’ si los europeos así lo deseaban. Pero Rusia, una gran potencia mundial, ya ha invadido un país europeo independiente, causando un gran número de muertes, tanto civiles como militares. Moscú afirma que la invasión fue para protegerse de la OTAN, pero Putin ha indicado otro motivo: el deseo de restaurar la esfera de influencia regional de Rusia” cuando reinaba la Unión Soviética.

Esta Rusia agresiva e imperialista labró una alianza implícita con el gobierno que inauguró este año convulso Donald Trump en EE.UU. Esa sociedad le da sentido a aquellos derrumbes de los equilibrios. A Trump y lo que representa no parece importarle el futuro de Ucrania o el de Europa. Negocia la paz en los términos más cercanos a las aspiraciones de Moscú porque entiende necesario para esa arquitectura la victoria del Kremlin y la derrota europea.

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, pide más apoyo de Europa y Estados Unidos. Foto: AP

«Derechos» de anexión

En esa lógica, al igual que Rusia con lo que cree que son sus suburbios, el magnate republicano plantea derechos de anexión de su país sobre Canadá, Groenlandia y Panamá. La ofensiva sobre Venezuela tiene esos mismos intereses más allá de la esgrima políticamente correcta contra la brutal dictadura que se ha erigido en ese país y el narcotráfico. El foco real apunta a la gigantesca riqueza petrolera, gasífera y mineral de la comarca chavista que el magnate describe como una propiedad que le fue arrebatada a su país, contradiciendo a los historiadores.

Sirve recordar que después de fracasar en su primer intento de derribar la tiranía chavista en su anterior mandato, Trump ya había afirmado: “Cuando me fui, Venezuela estaba a punto de colapsar. Nos habríamos apoderado de ella, habríamos conseguido todo ese petróleo, habría estado justo al lado. Y hubiera sido justo”.

La inestable paz en Oriente Medio muestra similares perfiles utilitarios. Funciona porque de esa tranquilidad, que deberá abulonarse en el futuro, dependen los negocios de la corporación Trump en la región, muy avanzados en Arabia Saudita. Y si se requiere para ello que se edifique un Estado Palestino como exigen Riad o Abu Dhabi, no caben objeciones.

Son disgustos que acaba de recibir el premier israelí Benjamín Netanyahu en su cita de Mar-a-Lago cargada de elogios del magnate al “heroísmo” de su visitante, un hábito de exagerada cordialidad que siempre precede a las imposiciones. Si esta visión es correcta, es probable que tengamos elecciones adelantadas en Israel con la intención del premier de desprenderse de sus socios de ultraderecha que detestan las posiciones del aliado norteamericano. Paso difícil, las encuestas no acompañan al polémico líder israelí que espera casi de rodillas un perdón presidencial a sus delitos de corrupción.

Donald Trump y el primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu, durante una reunión en la residencia de Mar-a-Lago, en Florida, este lunes. Foto: REUTERSDonald Trump y el primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu, durante una reunión en la residencia de Mar-a-Lago, en Florida, este lunes. Foto: REUTERS

Desde donde se lo mire, la característica más notable de la etapa es la ausencia de límites y la debilidad de las instituciones como su directa consecuencia. Institutum en latín refiere a cimiento, a lo instituido. Estado (Status), una organización idealmente al servicio de la gente, tiene la misma raíz. Es entonces nítido qué es lo que se agrede cuando se avanza sobre los límites.

Trump tanto voltea media Casa Blanca, como dibuja su apellido en cuanto monumento o edificio público encuentre sin valorar la ética o la prudencia, repone modelos racistas y xenófobos contra los diferentes, reivindica el más puro macartismo y desintegra doctrinas clave de la posguerra.

La ofensiva arancelaria que tanto celebra Trump, remonta a las visiones del presidente republicano Warren Harding (1921/23) quien fue el rostro del aislacionismo más radical con su lema de “Return to Normalcy” que aplaudía ignorar los asuntos europeos. En esa época muchos legisladores del Medio Oeste, las bases de Harding, presumían de no haber salido nunca de EE.UU. Consideraban el pasaporte un símbolo de la contaminación de las ideas “aristocráticas y socialistas” europeas.

La agresión a Europa

No casualmente este diseño geopolítico perfora hoy los cimientos de la histórica sociedad de EE.UU. con Europa, convertida en un súbito territorio hostil con la garra de Moscú sobrevolando, como alerta Simpson. Se requiere de un gran esfuerzo para comprender qué sucede y decidir si cuando se habla de Trump, se habla de un ciclo largo de EE.UU. con un híper presidencialismo monárquico o se está en camino a un reajuste de la dirección de regreso a la vía tradicional por el centro institucional.

El problema es que el país se está alineando con aquellos criterios inclementes. La Corte Suprema de mayoría conservadora inició el año que acaba de culminar la discusión para eliminar la protección legislativa a funcionarios que no deberían poder ser influidos políticamente. Trump ha despedido a una directora de la Comisión Federal de Comercio, Rebecca Kelly Slaughter, porque supuestamente no adhería a su agenda. Esa agencia funciona como un organismo independiente amparado por el Congreso desde 1914.

El caso puede parecer menor, pero alcanza magnitud si se observa que en el mismo foco se encuentra el Banco Central, la FED, que Trump aspira a colocar bajo su control para disponer a su gusto el nivel de las tasas de interés. Para ello necesita relevar a sus directores y esa es la llave que le daría el Supremo.

En el máximo Tribunal norteamericano crece una concepción extraordinariamente importante, la llamada teoría de la unidad ejecutiva (unitary excecutive theory). Una idea que se remonta al gobierno de Ronald Reagan y que sostiene que la Constitución debe ser interpretada a partir de que otorga todo el poder al mandatario del momento para su ejercicio ejecutivo.

Ha sido paradójicamente un cortesano conservador, Neil Gorsuch, quien alertó sobre estas fallas que estrujan el sistema y se preguntó seguro de la respuesta: ¿Qué presidente va a devolver ese poder?”

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