Una diablesa en Curuzú
No es simple describir el lugar geográfico en que se desarrollaron los hechos. Pueden ser varios, o muy parecidos al menos, y sin un plano con los instrumentos necesarios de ubicación territorial, las fronteras se confunden. No por eso vamos a hacer un juicio de deslinde, sabiendo que los sacerdotes y curanderos se enfrentan a veces y, en otras, se unen para luchar contra los demonios que aparecen permanentemente.
Un joven de esos pagos, criado con el amor y esmero propios de hogares bien constituidos, basados en el cariño y el respeto, comenzó a percibir en sueños —al menos así lo narra— que varias figuras lo atosigaban. Se levantaba cansado, como si hubiera trabajado en exceso; le dolían las articulaciones y asomaba un dolor de cabeza constante. La madre, que todo lo sabe y capta, lo interrogaba. Él se justificaba diciendo que era por lo que había comido. Así pasaban los días sin que la sensación desapareciera, por lo que acudieron a los médicos, quienes probaron varios remedios y le hicieron los análisis de rigor, sin que se advirtiera nada. Visitaron nosocomios de varios lugares, pero el resultado era el mismo.
—Su hijo no tiene nada.
La madre, desesperada, perdió la calma. El padre, agobiado por la circunstancia, se sentó a hablar de hombre a hombre con su vástago, porque el examen de las ropas de cama, además de la transpiración hasta en los meses de invierno, arrojaba como resultado eyaculaciones (onanismo).
—¿Hijo, tuviste relaciones con alguna muchacha o jugás solo?
—Papá, sí, anduve con muchachas, pero ante la presencia constante de este cansancio me abandonan rápidamente. Es algo extraño. Cuando duermo, los sueños, en vez de hacerme descansar, me hacen sentir peor, como si alguien o algo me sujetara por los brazos y jugara con mis partes, ¿entendiste?
—Sí, hijo, iremos a un médico psiquiatra.
Se trasladaron a Corrientes Capital y consultaron a un conocido profesional, médico psiquiatra.
El experto lo apabulló a preguntas, con suavidad y música tenue, mientras descansaba en una mullida otomana. Pasada una hora del largo interrogatorio, con voz pausada logró que el paciente durmiera. La tarde caía en la ciudad de Vera. La observación se realizó con luz baja, mortecina. El muchacho se sacudía como si estuviera atado. Una sombra extraña, oscura, apareció de pronto cubriendo el cuerpo. El paciente comenzó con convulsiones similares a las de un desahogo sexual. Logrado su objetivo, la sombra se retiró ante la mirada horrorizada del experto. El pantalón del paciente exhibía los flujos húmedos. Poco a poco se despertaba en la penumbra. Se aumentó la luz para que, al menos, se despertara.
Le dolía la cabeza; se tomaba de ella, agitándola. Miraba avergonzado su estado de higiene. No tenía explicación plausible. Los padres ingresaron y, al verlo, la desesperación aumentó: no encontraban explicación alguna.
Ante los hechos consumados, el médico especialista expresó que allí terminaba su conocimiento científico. Lo que vio lo asombró en extremo: nunca había presenciado una situación sobrenatural semejante. Aconsejó ver a un sacerdote. Prestos, corrieron a brindar al hijo ropa limpia para cambiarse. Apenas podía mantenerse en pie; las fuerzas lo habían abandonado por completo. Algo o alguien lo consumía por dentro. El último intento realizado fue tratar de hipnotizarlo, pero fracasó.
Volvieron derrumbados a su pago. El dolor de cabeza partía al joven, que venía sentado atrás. Los remedios potentes no hacían efecto. El conductor observaba el sufrimiento de su hijo, con una preocupación lindante con la desesperación, a través del espejo retrovisor. La sombra negra, de pronto, apareció risueña, lo que provocó un movimiento brusco en la conducción que por poco termina en tragedia.
Detuvieron el auto. La madre comenzó a rezar desesperadamente. Aprovechó la cercanía del santuario del Gaucho Gil y rezó, además, a todos los santos que recordaba. Una risa extraña se escuchó como al pasar, sin que hubiera nadie cerca. Una luz se presentó ante ellos en la oscura noche de la ruta. No pudieron identificarla, pero apoyó sus manos en la cabeza del paciente. Este dejó de retorcerse inmediatamente.
En Curuzú Cuatiá despertaron a un sacerdote conocido. Ante la explicación, se prestó a realizar un exorcismo menor, pues consideraba que la intervención de un profesional de la medicina de la calidad del que lo había atendido justificaba todo. Ingresaron a la iglesia, donde comenzó el rito lentamente. Inexplicablemente, como si alguien le hubiera avisado, ingresó doña Concepción con sus yuyos y su morral. Era conocida en el pueblo y vivía en las afueras. El clérigo le pidió ayuda con su tarea.
La doña, nigromante al fin, más médium, comenzó preguntando, con una rama de albahaca en la mano:
—¿Quién eres? ¿Por qué atormentas a este joven?
—Ja, ja. Estás perdida, vieja. ¿No me conoces acaso?
—Eres un súcubo que está matando al muchacho. ¿Te da placer eso, maldita bestia del infierno?
—Claro que disfruto. Vos lo sabés mejor que yo…
—Eres un demonio femenino que abusa de los hombres dormidos y, en sueños, tienes sexo con ellos de una forma fantasmal. El que cae en tus manos tiene una muerte segura. Te apoderas de su alma, eres cruel y atormentas. Muéstrate como eres, bribona, pécora del infierno…
Hizo señas al sacerdote para el ataque. El pecado de vanidad del súcubo la perdió. Se materializó con la forma horrenda de una mujer. En el mismo instante recibió un chorro de agua bendita, acompañado de las oraciones. Extrañamente, un gaucho de rojo, acompañado de un luminoso ángel celeste, arrojó unos rayos luminosos sobre la figura diabólica.
Ante la vista de los presentes, el demonio se evaporó en mil pedazos. El joven gritó como quien grita su liberación. Los visitantes partieron hacia donde habían venido: de la nada. La súcubo se desintegró en miles de partículas dispersas en el aire.
El muchacho, acompañado por los presentes, durmió plácidamente en el suelo de la iglesia. Despertó al amanecer tranquilo, sin señales de ningún tipo. Los padres agradecieron al sacerdote y a la mujer, a quien no conocían.
El sacerdote preguntó a doña Concepción:
—¿Quién te avisó, Concepción?
—Los dos que vinieron a ayudarnos. Esta diablesa andaba haciendo daño en la zona. Sabés bien quiénes nos visitaron. Alabado sea el Señor.
Agradecidos, todos disfrutaron de un cocido que trajo el sacristán. El muchacho reía y se recomponía gracias a la mediación de los seres humanos que trabajaron en conjunto en vez de torearse. Fue un hombre feliz en el futuro.
Concepción y el sacerdote intercambiaban saberes para ayudarse.
Debemos protegernos. Hay muchos demonios sueltos, chamigo.
La madre comenzó a rezar desesperadamente. Aprovechó la cercanía del santuario del Gaucho Gil y rezó, además, a todos los santos que recordaba. Una risa extraña se escuchó como al pasar, sin que hubiera nadie cerca.
