La kinesióloga Mariela Portillo observa desde hace años una problemática frecuente en adultos mayores que llegan a consulta por dolores crónicos, dificultades articulares o limitaciones en la movilidad. En muchos casos, más allá del tratamiento indicado, los síntomas persisten o reaparecen. Según su experiencia, esto no siempre se debe a la gravedad del cuadro, sino a un factor menos visible: el miedo al movimiento.
Esa percepción llevó a Portillo a repensar el abordaje tradicional de la rehabilitación. En lugar de limitarse al consultorio, comenzó a trabajar con grupos de adultos mayores en espacios de actividad física adaptada. El enfoque se basa en ejercicios progresivos, supervisados y ajustados a las capacidades individuales, con el objetivo de recuperar movilidad sin generar temor ni sobreexigencia.
Uno de los principales desafíos, explica, es romper con la idea arraigada de que el dolor implica necesariamente reposo absoluto. En muchos casos esa inactividad prolongada contribuye al deterioro muscular y funcional. Por eso, la propuesta apunta a introducir el movimiento de manera gradual, cuidada y sostenida como parte del proceso de rehabilitación.
Con el tiempo, los cambios no solo se evidencian en lo físico. La mejora en la postura, el equilibrio y la fuerza también impacta en la autonomía cotidiana de los pacientes, que logran mayor seguridad para realizar actividades básicas como caminar, levantarse o desplazarse sin asistencia. Ese progreso suele ir acompañado de una mayor confianza en sus propias capacidades.
La experiencia también muestra efectos en el plano social y emocional. La participación en actividades grupales favorece el intercambio entre pares y reduce situaciones de aislamiento, frecuentes en la adultez mayor. En ese contexto, el movimiento deja de ser únicamente una herramienta terapéutica para convertirse en un recurso de bienestar integral, que influye tanto en el cuerpo como en la calidad de vida general.
