¡A marchar! Manifiesto por la universidad conurbana


Las “nuevas” universidades del conurbano son la última provocación duradera del campo popular. De hecho, mejor no referirse al “campo popular” como si se tratara de algo que permanece inmutable a pesar de la arrolladora complejidad de este tiempo histórico. Sólo hay campo popular cuando, por ejemplo, un meteorito llamado universidad agujerea la realidad conurbana para que, en el vacío abierto, quizás un suspenso de la historia, se arme una especie de comunidad. Una comunidad abierta. Así los conurbanos, castigados, estigmatizados, devuelven la gentileza con un gesto de apertura y pensamiento. Nada de “pureza” del saber, ni de “adaptación” a un mundo que valoriza cada vez más el conocimiento. En las universidades del conurbano el desafío del rigor científico y la solidez académica está asociado a una imaginación tensada y alimentada unas veces por la supervivencia, cuando no por la consciencia de una vida periférica que no desea la centralidad. Se trata de verdaderos nodos que conectan localidades enteras, flujos cada vez más voluminosos de personas bien diferentes entre sí, mezclas imprevisibles, como la unión siempre tensa y misteriosa entre el afecto y el saber.

Se trata de una apuesta que, por un lado, corresponde a una necesidad que esperaba por un derecho, y, por otro, se hace cargo de una multiplicidad de deseos que no esperan, sino pujan por una realidad ampliada. Porque anterior a la “ampliación de derechos” es la ampliación de realidad, el ensanchamiento del presente, la creación de nuevos posibles. La universidad es popular si porosa, es gratuita, incluso graciosa, cuando ensancha el sentido de lo posible. Por eso, en la disputa actual, se trata de fortalecer, no solo los derechos adquiridos, sino la legitimidad del deseo que alguna vez los empujó y que nunca dejó de desbordarlos. Una legitimidad que cruza miles de biografías, infinidad de situaciones, redes de afinidad, escenarios de debate, en el fondo, la multiplicidad irreductible de lo común.

¿Quiénes dan nuevo sentido a esos viejos consensos? Una madre que no había podido estudiar porque la crianza en condiciones económicas difíciles se le impuso, un joven en plena búsqueda, recién salido del secundario, que prefiere mantenerse cerca de su barrio, una estudiante arrepentida de una carrera elegida en otro contexto y otra, casualmente vecina suya, que sólo podía estudiar a costa de un viaje diario más largo que la carrera misma… El hombre que había derrapado por esas tragedias de la vida y se acerca tímidamente a las aulas, el pibe que, encantado con los videojuegos, encuentra la carrera justa y lo anima a ganarse la vida con su deseo, la flaca que siempre quiso ser enfermera pero no se animaba y encuentra la ocasión en su zona, gente con disposición a asumir el dolor de los demás como parte de una trama que se hace al andar y ve en el Trabajo Social una posibilidad de formación seria y compleja, pero también el que no está tan seguro y se arrima de todos modos, o la chica trans que se siente hospedada a contrapelo del prejuicio que gobierna la calle y, por qué no, el tipo o la tipa que en ese u otro barrio encarnaban el prejuicio.

Cada quien encuentra en una universidad “nueva”, del conurbano profundo, como por ejemplo la Universidad Nacional de José C. Paz, algo nuevo para sus vidas. Quienes habitamos esas aulas, esos pasillos, esas veredas, incluso la incomodidad virtual, pero también todas las extensiones y derivas que tienen que ver con la universidad, vimos a ese hombre sentirse mejor, respirar de otra manera, a esas pibas entusiasmarse, a la madre reinventando su tiempo, al que la pasaba mal encontrando redes sostenedoras, a quienes llegaron con decisión encontrar las herramientas y desarrollar unas propias, a la vecina reírse de sus prejuicios y a la que venía castigada por su disidencia sexual o corporal experimentar una igualdad palpable, esa que no debería sorprendernos.

¿Qué pasa en una universidad del conurbano además de una formación potente y laboriosa, de la investigación y la construcción de conocimiento? La sensación de no pertenecer, la desazón por no entender, el pie adentro y el pie afuera… el esfuerzo por entender, el descubrimiento de que no es necesario “pertenecer” a nada, la desacralización del saber, la amistad con el saber, la participación en la construcción de conocimientos específicos y de esos que le sirven a todo el mundo, la contención entre mate y mate, la ingestión de galletitas hechas con harinas dudosas, el puestito de la compañera que vende alimentos más sanos, la convivencia en las aulas, el debate acalorado, la resonancia de muchos deseos diversos que milagrosamente se encuentran. Un saber primero atraviesa la universidad: algo importante está pasando ahí, todo el mundo es bien recibido, a nadie se le pregunta de dónde viene, hay tiempo para mirarse a los ojos, para escucharse, para pensar, para frustrase y volver a intentarlo. Y claro, ningún sitio está exceptuado de las miserias humanas, pero es difícil encontrar un lugar en el que la complicidad entre desconocidos resulte tan frecuente. Algo importante está pasando ahí, se puede pensar, es decir, perder el tiempo. Porque en la universidad hay tiempo. Lo saben los cuerpos, nadie tiene que andar explicándolo.    

El objetivo de las universidades

Las universidades del conurbano no se crearon solo en “otro” lugar, en el más allá del imaginario metropolitano, sino desde otro lugar. Por eso, la relación de la universidad con experiencias territoriales y con trayectorias individuales y colectivas propias de los barrios circundantes y las organizaciones sociales y barriales, suele ser fluida y no solo no representa una posibilidad “extracurricular”, sino que resulta constitutiva. Tienen el desafío de transformar esa institución anquilosada y bien antigua que fue la universidad en la experimentación concreta de otra comunidad posible. Ningún pibe, ninguna madraza estudiante, ninguna disidencia de género, ni señor al que le picó el bicho tendrían por qué sentir que acceden a algo que, a pesar de la accesibilidad garantizada como derecho, sigue resultando lejano como un podio. ¡Cómo pensaríamos en transformar algo de nuestra realidad desde y con la universidad si no comenzamos por transformar el sentido de la universidad misma!

En los últimos años, la universidad pasó de una pelea razonable por mejorar sus condiciones materiales a vivir bajo asedio. No sólo se la desfinanció y se congelaron los salarios docentes y nodocentes, sino que se utilizó el aparato de Estado para atacarla e intentar desprestigiarla, Hoy el gobierno incumple una ley de financiamiento votada y ratificada con dos tercios de los representantes parlamentarios. ¿Qué ocurre cuando la máxima autoridad, es decir, aquella que debe custodiar el cumplimiento de las leyes, incumple? ¿No corresponde acaso la “desobediencia civil” como reflejo y como principio de organización? Una de las mentiras deliberadas del gobierno consistió en acusar a las universidades de no dejarse auditar, lo que fue desmentido con creces. De hecho, es exactamente al revés: son las universidades las que deberían auditar a un gobierno que incumple la ley, un gobierno, a esta altura, sin crédito ni autoridad, producto de su metódico procedimiento de mentira e insulto y de las innumerables causas de corrupción que lo definen.

El ataque a la universidad pública alcanza una profundidad hasta ahora desconocida, y hace serie con el ataque a todo lo que oficie como soporte colectivo. El gobierno de los negacionistas y hasta apólogos de los crímenes de la dictadura genocida parece reencontrarse con la frase del inefable contraalmirante Bardi, quien refiriéndose al movimiento estudiantil expreso: “el exceso de pensamiento puede motivar estas desviaciones”. El gobierno de Milei sabe de excesos a todo nivel, desde la corrupción que brota en la cúpula y recorre a la gestión de punta a punta, hasta la verborragia virtual plagada de fakes, pasando por el sobreendeudamiento y el fanatismo financiero, pero no cuenta con un pensamiento más allá de la mediana inteligencia de una clase dirigencial que aprende muy bien el juego rapaz de la casta política y empresarial. Ante ese escenario, tal vez, la universidad movilizada actúe como punta de lanza de una huelga social que logre encontrarnos en las calles y en todo ámbito colectivo para tomarnos el tiempo de pensar con afecto por la trama de la que somos parte. Pensar en medio del torbellino.

De persistir el desguace de nuestras instituciones y redes universitarias, científicas y culturales, el peligro pasa por la pérdida de la transmisión de saberes y afectos en nombre de necesidades económicas de una coyuntura que pide “competencias”, o la delegación masiva de nuestras capacidades en altas tecnologías digitales, cuya ratio última coincide con la obsesión de los libertarianos y las corporaciones que los sostienen: el rendimiento y el puro funcionamiento. El déficit cero hasta el punto en que la vida misma aparezca como deficitaria. El conocimiento, en cambio, no se caracteriza por “rendir”, de hecho, comienza cuestionando los parámetros de rendimiento que pretenden primerearlo. Horacio González decía que “el conocimiento mismo es el suspenso de algo”, en algún punto, la suspensión o retención de la mera acción, la autonomía de la duda o la crítica, ante el flujo que solo invita a seguir sin más. Vaya si las aulas tienen esa posibilidad de suspender la vida corriente, vaya si no pocas veces esa posibilidad se consuma y agrega a nuestras existencias tozudas y repetitivas un suplemento que solemos llamar “sentido”.

Releyendo los acontecimientos de la Reforma universitaria de 1918 y uno de sus textos capitales, el “Manifiesto liminar” de Deodoro Roca, Horacio González agitaba la posibilidad de que “autonomía universitaria” no se refiera solamente a cuestiones jurídicas, políticas y financieras, sino al hecho de que “el conocimiento se auto-constituye”. En la universidad pública el conocimiento se co-construye, en la medida en que los hechos de la realidad, los dramas del mundo, pequeños sucesos que pasan por debajo del radar o formas de la obviedad encuentran en sus redes interés, dignidad, dedicación, creatividad. El ataque a la universidad es un ataque a la inteligencia colectiva y a la cooperación social.

¡A marchar! Manifiesto por la universidad conurbana
¡A marchar! Manifiesto por la universidad conurbana

El carácter crítico de la universidad, no pasa solo por sus contenidos, sino por su emplazamiento ético político, por la vitalidad que ahí puede germinar, distante de las exigencias económicas y tecnológicas de la hora, más ligada al “impensado ejercicio de sentirse dentro de la vida del conocimiento (…) como inspiración colectiva que luego se disemine en el resto de las prácticas políticas y sociales de la humanidad” (1). La posibilidad de esa diseminación parece contener un potencial de disputa frente a la diseminación algorítmica, ya que no juega en el terreno abstracto de los contenidos, los posteos, las declaraciones, sino que opone un modo de circulación y apropiación frente a otro. Ahí donde las correlaciones algorítmicas promedian, estandarizan o perfilizan, las redes universitarias crean tangentes, zonas de cuestionamiento y reinvención, se abocan tanto a la productividad como al desvío y, sobre todo, no tratan con perfiles, sino con biografías, es decir, con el espesor de la historia.       

Las universidades, aun con su pesada burocracia, aun cuando alimentan alguna forma de sacralización del saber, incluso cuando patinan algo tendenciosas, valen por la delicadeza de las vidas de quienes las habitan, es decir, quienes les dan vida en última instancia. El ataque del gobierno se inscribe en su apuesta por segmentar la sociedad, profundizar a un proceso de fragmentación que se percibe desde hace muchos años, quitarle a la trama social un anticuerpo fundamental; hasta que, tal como profetizó la “dama de hierro”, ya no quede sociedad, sino solo individuos. Aunque, como marcábamos, hoy deberíamos contemplar la posibilidad de que el individuo permanezca solo como un espectro de sí mismo, la huella de unos movimientos que permitan a Big Data construir patrones de conducta para sí tratar con “perfiles” o seres cada vez más encapsulados. En ese sentido, las tramas no sólo forman circuitos comunicantes y fenómenos colectivos, sino soportes para que cada quien cuente por su singularidad, donde también la experiencia de la soledad sea posible, ahí donde avanza la desolación.

La embestida del gobierno de Milei contra las universidades agrede la vitalidad que éstas movilizan y todo lo que generan en la sociedad. Por eso el límite a esa agresión no podía sino surgir del encuentro de los agredidos. Encuentro aun frágil y marcado por un sentido de la urgencia. La marcha del 23 de abril de 2023 fue contundente, tal vez de las más masivas de la historia argentina. Pero corresponde también preguntarse qué sucede hoy con las movilizaciones masivas, cuáles son sus efectos concretos, qué grado de acumulación o incidencia implican. O, incluso, suponiendo que nos encontramos en un tiempo histórico en el que la potencia de la movilización callejera masiva se ve disminuida, aparecen otras dimensiones: el valor del encuentro como agite, confrontación y la fiesta, la conspiración y el ingenio. En suma, la posibilidad de crear redes y disponibilidades para nuevas acciones. Sólo desde el seno de una trama que subsiste y desea puede surgir un límite a la admonición del presente y abrirse nuevos posibles que hoy carecen de lenguaje. ¿Puede nuestra sociedad no solo defender las universidades públicas, sino apropiárselas para la creación de nuevos saberes, nuevos espacios, nuevas instituciones?

(1) González, Horacio (2018). Saberes de pasillo. Universidad y conocimiento libre. Buenos Aires: Paradiso.

* Ensayista, docente, investigador (UNPAZ, UNA). Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Integrante del Grupo de Estudios Sociales y Filosóficos (IIGG-UBA), del Instituto de Estudios y Formación de la CTA A y del IPyPP. Codirector de Red Editorial. Cofundador de la Red Interfaces Digitales. Autor de Nuevas instituciones (del común) (2022). Papa Negra (2011). Globalización. Sacralización del mercado (2001). Coautor de Sátira y política. Diario de la Argentina de Milei (2025, con Adrián Cangi); El Anarca (filosofía y política en Max Stirner) (2021, con Adrián Cangi); La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco) (2023, con Miguel Benasayag), Del contrapoder a la complejidad (con Miguel Benasayag y Raúl Zibechi), entre otros.



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