En los alrededores del pueblo de Mercedes vivían dos amigos cuyas casas estaban a escasos metros una de otra.
Desde muy niños la amistad forjó profundas raíces entre ambos y así compartieron la infancia hecha de sueños, chumbos de barro endurecidos al sol para cazar pajaritos con la onda a la hora de la siesta. Una infancia hecha de asombros, camiones y autos construidas en trozos de madera con latitas de picadillo por ruedas. Una infancia hecha de aparecidos y estrellas cerquitas y pandorgas en el aire.
Iban a la escuela en el mismo caballo, se turnaban para uno llevar las riendas mientras el otro en ancas.
La adolescencia los encontró ayudando a sus padres en la cría de ovejas, la vergüenza se deshilachó en los bailecitos, las guainas, el primer beso, tal vez algún amor. A los dieciocho años el servicio militar llamó a sus puertas y tuvieron que cumplirlo en el regimiento de Mercedes. Los dos amigos pertenecían al mismo batallón. Apenitas alcanzaron a balbucear los nombres de los fusiles, la guerra los sorprendió. Y así, una noche negra, los padres, hermanos y amigos despedían en el andén de la estación a los cuatrocientos soldaditos correntinos rumbo al sur. Rumbo a las Malvinas.
Ya en las islas la suerte quiso que los amigos se encuentren en el mismo pelotón, la misma casamata. Durante el día compartían el frío, las esperanzas, las órdenes absurdas, los sueños, el hambre, los fantasmas. Y en las noches heladas, entre los pocos abrigos se repartían, como barajas, uno tras otro, recuerditos de sus vidas allá lejos, en su Corrientes de siempre.
Un día y por estrategia militar el superior envió a los amigos por separado al campo de batalla. Por la noche solo uno regresó, el otro, al advertir la ausencia de su amigo y compañero, decidió ir en su búsqueda a pesar de la negativa y amenaza de castigo por parte del superior. El soldado no hizo caso y se perdió en la noche con olor a pólvora.
Cuando el alba comenzaba a desentumecerse tímidamente por entre las piedras de las islas, regresó el soldado con su amigo al hombro muerto.
—Se dio cuenta, soldado, arriesgó su vida inútilmente —sentenció el superior.
En un ceremonioso silencio el soldado depositó el cuerpo de su amigo en el suelo, juntó sus manos una sobre otra, le cerró los ojos y respondió:
—No fue inútil, mi capitán, porque cuando lo encontré y lo levanté entre mis brazos él alcanzó a decirme: Sabía que me vendrías a buscar».

