En la escritura no habría que usar las palabras >. adverbio de negación y de tiempo, y >, adverbio opuesto, ya que tales situaciones no existen en la vida real, pero la literatura, se quiera o no, es ficcional, se nutre necesariamente de aquellos adverbios para crear un continuum narrativo imprescindible.
Entonces voy a decir que todas, o sea siempre, las noches leo un poco de Los viernes, la recopilación de las crónicas que Juan Forn escribiera para la contratapa de Página 12 durante casi trece años. Lo cierto es que es que no son todas, pero sí casi casi, las noches en que las leo, el hábito de la lectura es también una especie de continuum interrumpido por la vida. Es otra vida dentro de mi vida.
¿Por qué elijo Los viernes?
Podría nombrar otro libro, un clásico, consagrado universalmente, de los obvios (por eso no los nombraré), pero por razones que trataré de explicar, Los viernes, es mi libro preferido. Lástima que lo adopté como > un poco antes de la muerte de su autor, el argentinísimo Juan Forn.
No leí toda su obra, parece que son veintiún libros, pero ni falta que hace, y eso es muy de Forn: >, dice que escribió Sven Lindqvist en Extermidad a todos los salvajes. Búsquenla en Ya sabemos lo suficiente, tomo IV de Los viernes.
Hay otros escritores con obras con estilos más elaborados, más complejos, con más despliegue de un saber sobre algún tema, pero ninguno me ha transmitido tanta pasión por la lectura como preámbulo de la escritura, y la escritura no solo como forma de ganarse la vida sino la de obtener un lugar propio en el mundo guiado por una curiosidad infinita, tal vez por eso la suya sea una mescolanza entre periodismo, ensayo y ficción, con un estilo único, irrepetible. No es el único en ese camino, he leído, también con gusto a otro argentino, Rodrigo Fresán.
En Los viernes hay relatos breves sobre temas que lo obsesionaban – la historia de Rusia pre y post revolucionaria, del Japón imperial del post imperial, la primera y segunda guerra mundial, las religiones, la biografía de los escritores, las de personas únicas que sólo él podía rastrear, por citar algunos temas – y como buen investigador se encargaba de desmenuzar la vida de esos personajes con una lente de aumento que lo llevaban a un vacío lógico en donde introducía sus propias palabras, frases célebres por su brevedad y sentido, para que todo sea verosímil. Ejemplo: «Ya tuve suficiente paraíso. Quiero volver al mundo real». Lucía y el paraíso.
Como nadie nace de la nada, antes había cigüeñas que se encargan a París, hoy es menos estúpido, hay sexo sin necesidad de procreación en moteles, autos, o pastizales al lado de un riacho lleno de agua contaminada, Juan con sus crónicas nos va contando su modo de ver el
mundo y su vida familiar (fue encargado a un avión desde Londres), cómo luchó para no ser un > y cómo eso lo convirtió en el outsider de la familia y como tal, haber sido excluido de un secreto familiar extraordinario de su abuelo, que lo liga en el mito familiar a una de las más famosas óperas de Puccini. Yo creo que esa es la marca en el orillo de toda su escritura. Vayan a la novela María Domecq (la leí dos veces).
La literatura, sea como periodista, narrador, traductor, editor y asesor literario, fue su tabla de salvación dos veces. Primero, como ya dije, para diferenciarse de su acomodada familia de origen (en gustos, ideas políticas, trabajo, amistades), así comenzó como cadete de Emecé, lo cuenta en Calamar en su tinta (y de paso narra su breve relación con Bioy Casares) y por segunda vez para alejarlo del ritmo frenético de excesos de la vida porteña que lo puso al borde de la muerte. Decidió irse a vivir a Villa Gessel con su hija, y con casi toda su biblioteca por leer, y desde allí dirigir el suplemento Radar, para morir de un infarto en Mar de las Pampas, a los 61 años, en 2021.
Literariamente tampoco se nace ex nihilo.Los viernes está en una serie que se inició, al menos en mis lecturas, con el trabajo periodístico de Roberto Arlt. Lean Lecciones sexuales de una azafata. Allí, Forn cuenta que Roberto Arlt tomaba un cable perdido de la teletipo del diario de tres renglones y armaba toda una crónica periodística que todo el mundo leía en el diario El mundo al otro día. Y para colmo acertaba con sus febriles elucubraciones, las que llenaban el vacío de la brevedad de las teletipo. Lo que Arlt veía con un larga vista y escribía calzado con guantes de boxeo, Forn lo hacía con un microscopio y con un bisturí láser. Lecciones sexuales de una azafata dio pie (¿o era su verdadera intención?) a Forn para contar el amor de su padre por los aviones, mundo en el que no incursionó por presión de su abuelo. Si quieren conocer sobre su madre, lean Uno se salva.
También ubico a Forn en línea con Jorge Luis Borges, creo que el imbricado y erudito estilo borgiano está en Los viernes. Veamos algunos nombres de los relatos: Si eso no fue un hombre, Nueve años antes de Cristo, Hombre de papel durmiendo, El emperador campesino, El olvidado de Dios, Entre las ruinas de mi inteligencia, La ciudad que perdía el tiempo, Una rama de alerce, Quinientos metros de melancolía. Díganme si estos títulos no podrían ser parte de Historia universal de la infamia.
Como no hay dos sin tres, nombro al escritor que inspiró Las máquinas que cantan y El hombre de los ojos de cristal: Abelardo Castillo. Su escritura sin par, por lo intensa, cruda, irónica, existencialista es algo que Forn admiró, conocerlo era una necesidad vital. Llamó una y otra vez por teléfono a su esposa, la escritora Sylvia Iparaguirre, para que permitiera conocerlo. Trabaron una intensa amistad, la del maestro que le da todo su inmenso saber al alumno elegido, quien reconoció que fue Castillo quien le enseñó el oficio de la escritura (lo demás, lo aprendió leyendo). Es lo que encontré en Zapoi o muerte (deliro con que es una breve reescritura de El que tienen sed), Kalulu y los afronautas, Por gracia del diablo, Mariposa negra.
Para finalizar, voy recomendar el relato que más leí y leeré: Casa con fantasma. Es el que me unió para siempre a Forn, el que me hizo creer definitivamente que por lo menos teníamos la misma sensibilidad estética y política (sigo intentando en vano escribir como él) o sea la misma manera de ver el mundo aunque tuviéramos distintos ojos y nombres, pero sí pertenecíamos a la misma generación cultural de Argentina.
Siempre, (¡cuando no!) me pareció ridículo el planteo romántico de elegir un libro para leer en una isla desierta. Puesto a jugar, elijo Los viernes, pero por una razón opuesta a la novela Robinson Crusoe, donde el blanco salva al nativo, llamado Viernes, de ser devorado por unos caníbales y termina aceptando los valores occidentales.
Los viernes de Juan Forn me salva de ser devorado por los peores valores de nuestra civilización.
(*) Psicoanalista y escritor. Vive en Corrientes.

