En términos objetivos se podría sostener que lo que acaba de ocurrir en Venezuela ha sido el relevo de Nicolás Maduro por Donald Trump. Todo el proceso constata que, sin el dictador, la dictadura continúa y lo hace desplegando la misma fuerza represiva previa, con nuevos arrestos de civiles y bandas parapoliciales patrullando las calles.
El discurso del presidente norteamericano y de sus principales colaboradores, eludió cuestiones como derechos humanos o garantías de libertad individual o democracia. Trump, en cambio, ha sido firme en advertir que no habrá elecciones por largo tiempo y reivindicar supuestos derechos a un acceso irrestricto al petróleo venezolano. El plan de tres puntos que elaboró su canciller Marco Rubio, colocó la normalización democrática como la última estación, mucho después de “la recuperación económica”, es decir la de negocio petrolero.
La lógica de esa arquitectura se sostiene en que con la oposición en el poder y una apertura total de la política, el control del país se complicaría. Habría leyes que filtrarían las demandas más polémicas, una oposición y prensa activas y presiones internas en un país donde la identidad nacional y el petróleo se explican uno al otro, al extremo de que nunca Venezuela aceptó desestatizar la propiedad de ese recurso.
A Trump no le alcanza con el regreso de las empresas internacionales del sector, quiere convertir a Venezuela en un protectorado, como acaba de admitir al sostener que el control norteamericano sobre la comarca caribeña puede extenderse por años. “Nos están dando lo que creemos necesario”, dijo sobre los chavistas.
En esa visión está la explicación del rechazo a instaurar en el poder a la líder opositora María Corina Machado y el respaldo, en cambio, al núcleo más duro del régimen que acompañó a Maduro. La apuesta claramente incluye la fuerza de choque de la dictadura como herramienta para liquidar cualquier resistencia popular a ese dominio y al irritante formato continuista de esta arquitectura.
Para los jerarcas chavistas es un camino inesperado para preservarse. Ya en épocas recientes Maduro había declarado su disposición a habilitar a EE.UU. una vía libre a su petróleo y minería a cambio de mantener en pie el régimen. Es lo que ahora sucede. Solo se relevó la máscara.
Las debilidades de la estrategia
Este artefacto expone, sin embargo, graves debilidades y una consecuente imprevisibilidad. El negocio del crudo no se recuperará sin derechos y un poder legítimo, advierte el influyente economista venezolano Ricardo Hausmann, como le advirtieron este viernes los petroleros a Trump, no habrá inversiones inmediatas. “El primer paso debe ser la transición no el tercero, para un gobierno legítimo y un Parlamento creíble. No hay recuperación sin una ciudadanía empoderada”, afirma. Pero es claro que no es eso lo que late en el radar de Trump. En un extraordinario reportaje a The New York Times afirmó no sentirse limitado por ninguna ley internacional: “no necesito el derecho internacional”. Esa es precisamente la visión que define a dictaduras como la venezolana, nula legalidad.
Se suele comparar lo ocurrido en Venezuela con el derrocamiento y arresto del dictador Manuel Noriega en Panamá en 1990, también acusado de narcotráfico. Pero es más preciso el espejo de las tiranías de Tacho y Tachito Somoza en Nicaragua, padre e hijo, entre otros despotismos bananeros controlados otrora por Washington.
En ese sentido la presidente, Delcy Rodríguez, hasta hace poco vice de Maduro, es el rostro civil del poder militar que en el país caribeño es una estructura muy compleja. Lo que en otros países se llama establishment en el experimento chavista lleva uniforme. Esos jerarcas agradecen que Washington corra a la oposición que haría un Nüremberg si pudiera con estos sujetos, pero este orden significa también que serán parte del negocio. De ese modo se deben interpretar las declaraciones de este miércoles de la presidente respecto al control venezolano de los recursos petroleros “sin tutelas”. Esgrimas para el reparto.
Este cambio a lo Gatopardo para que cambie solo lo necesario, significa mucho más de lo que parece. La región observa impotente cómo el líder republicano reforma la geopolítica de este espacio y anuncia nuevas acciones de dominio restaurando los criterios de la diplomacia de las cañoneras de EE.UU. en la centuria pasada. Hace poco la BBC de Londres sintetizaba el desconcierto que producen estos movimientos entre los líderes europeos recordando que no pueden enfrentarse a EE.UU., en momentos que más lo necesitan para ajustar la paz en Ucrania y salvaguardar la soberanía de ese país con garantías que limiten el imperialismo ruso. Pero sucede “justo después de que la Casa Blanca se abalanzó sobre la soberanía venezolana, mientras continúa amenazando activamente la soberanía de otra nación europea, Dinamarca por Groenlandia”, decía.
Si bien se ha dicho que el magnate y su equipo construyen su estrategia sobre la marcha, hay parámetros más amplios en que se apoya su programa. Trump tiene un gran retrato de Ronald Reagan en su oficina. No es casual. Dos notables intelectuales conservadores reaganianos, William Kristol y Robert Kagan, fundaron a fines del siglo pasado un think tank que ganó fama con los gobiernos de George W. Bush, en el cual esos dos hombres fueron una crucial influencia.
Delcy Rodríguez y el ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López, durante un acto militar el jueves en Caracas. Foto: REUTERS Era el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, PNAC en sus siglas en inglés. En un artículo de 1996 en Foreign Affairs titulado “Toward a Neo-Reaganite Foreign Policy” (Hacia una política exterior neoreaganiana) ambos argumentaban que los conservadores estadounidenses estaban a la deriva (adrift) en materia de política exterior y abogaban por una visión más amplia del papel de EE.UU. que debería adoptar lo que describían como una “benevolente hegemonía global”. Una invitación a convertir en alfiles o peones a la ONU y la OTAN .
Esa visión estuvo en la base de la invasión a Irak en 2003 y de la pretensión de tomar y reconvertir al estilo norteamericano a ocho países de Asia, desde Afganistán a Irán, según reveló el ex comandante supremo de la OTAN, Wesley Clark. Lo que anunciaban era un EE.UU. como la “potencia preeminente del planeta”. Una idea atada a la noción del “destino manifiesto” del siglo XIX que afirmaba el «deber divino» de la potencia a expandirse, entonces con la toma de Texas o la guerra con México.
En su documento de principios, el PNAC remarcaba que el principal desafío de EE.UU. consistía en “construir un nuevo siglo planetario según los principios e intereses estadounidenses”. Incluía un mensaje que parece hoy destinado a los ultranacionalistas del MAGA trumpista que detestan los juegos internacionales de su líder. El documento reprochaba una sociedad estadounidense “indiferente, si no hostil, a la política exterior y a los compromisos internacionales, más interesada en equilibrar el Presupuesto que en liderar el mundo” .
Unipolaridad efímera
Esos planteos venían con el impulso del colapso de la URSS que alimentó la visión, luego efímera, de un mundo unipolar, cancelando la historia o centrando los litigios futuros en cuestiones culturales y no ya en el choque de modelos de explotación económica. Aparte de las objeciones de los teóricos realistas, incluso los kissingerianos que veían con distancia a Reagan, la realidad posterior mostró el crecimiento de una intensa multipolaridad que apagó aquellas pretensiones.
El EE.UU. de Trump tiene un punto a su favor, las organizaciones internacionales, la ONU especialmente y la OTAN en gran medida así como la UE están vaciadas de poder y por momentos de significado. Pero en la otra mano, aquella multipolaridad es hoy más intensa que cuando el mundo se balanceaba dentro del eje Este-Oeste, en particular por la sólida presencia de China, el competidor con armas capitalistas y blanco nítido de toda esta estrategia.
La hegemonía norteamericana está entonces limitada por esas realidades que parecen definitivas. Hoy la construcción de un nuevo siglo norteamericano como exuda este gobierno en tableros como el latinoamericano, el europeo o en Oriente Medio, es un proyecto cuyo destino es cualquier cosa menos seguro. La historia no se repite, pero tampoco suele viajar al pasado.

